Noticia anterior

Iraq, Mujeres Y Literatura. Cuerpos Femeninos En Naftalina

Noticia siguiente
Iraq, Mujeres Y Literatura. Cuerpos Femeninos En Naftalina

La autora de este artículo analiza la situación de las mujeres iraquíes en particular, y de las mujeres árabes en general, a través de la literatura. Explica como estas mujeres encuentran verdaderas dificultades para enfrentarse cara a cara a una sociedad eminentemente patriarcal pero,  a través de la literatura ellas han encontrado una vía importante en la que replantean los roles tradicionales de la mujer. Son mujeres valientes que están creando una literatura activista y militante que, cual tela de araña, se expande más y más traspasando incluso murallas tan infranqueables como puede ser Arabia Saudita.

Los hombres son responsables de las mujeres

ya que Al-lâh ha hecho que uno de ellos sea mejor

que el otro, y porque gastan una parte de sus bienes

(para cubrir las necesidades de las mujeres).

Entonces las mujeres virtuosas son

Obedientes, guardando en secreto

lo que Allah ha guardado.

En cuanto a aquéllas de las que temáis

la rebelión, amonestadlas y alejadlas

hacia lechos separados y pegadlas.

Luego, si os obedecen, no busquéis querella.

¡Ciertamente, Dios es en verdad excelso, gran­de!

4 34

(M.M.Pickthall)

A las mujeres y a los hombres de Iraq

Las tres palabras con las que he iniciado el título de mi trabajo parecen hoy completamente inconcebibles: Iraq, mujeres y literatura. Hoy no parece posible un Iraq sin guerras, en paz; un Iraq en el que mujeres y hombres escriban y creen literatura. Porque verdaderamente este país y sus habitantes llevan décadas sufriendo las consecuencias de enfrentamientos y conflictos múltiples: La primera guerra del Golfo, entre Irán e Iraq, en los años 80. La invasión iraquí de Kuwait en agosto de 1990, que llevaría a la segunda guerra del Golfo. Del último de los conflictos, posiblemente el más inexplicable, no se ha cumplido aún un año. El 20 de marzo de 2003 empezaron los bombardeos y la destrucción de Iraq; el 1 de mayo acababan, supuestamente, las operaciones militares. Hoy, marzo de 2004, el país sigue sumido en el caos.

Sin embargo Iraq ha participado, junto con Egipto y la zona sirio-libanesa, en la consolidación de lo que se conoce como "literatura árabe contemporánea", que tiene su cima en la segunda mitad del siglo XX[i]. Me centraré aquí en la narrativa iraquí, dejando para otra ocasión los campos de la poesía y el teatro, géneros que en el panorama de la literatura árabe han llevado caminos muy distintos. Ésta, la narrativa iraquí, ha dado nombres muy interesantes, entre los que quiero citar aquí algunos: Los pioneros Mahmud Ahmad al-Sayyid (n. 1901), considerado el padre de la novela iraquí, Anwar Sha’ul (n. 1904), Ya’qub Balbul (n. 1905), Du-l-Nun Ayyub (n. 1908). La segunda generación de narradores iraquíes, entre cuyas filas podemos mencionar a Ya’far al-Jalili (n. 1902), Abd al-Malik Nuri (n. 1921), Abd Allah al-Niyazi (n. 1907), Abd al-Mayid Lutfi (n. 1907). Ya en la segunda mitad del siglo XX destacan los nombres de Shakir Jusbaq (n. 1930), Ga’ib Tu’ma Firman (n. 1927), Fuad Tekerli[ii] (n. 1927), Edmond Sabri (n. 1921), Dayzi al-Amir (n. 1935), Sargun Bulus (n. 1945), Yusuf al-Haydari (n. 1935), Musa Kiridi (o Kurraydi, n. 1940), Abd al-Rahman Mayid al-Rubay’i[iii] (n. 1939), Mahmud Yindari (n. 1939), Muhammad Judayyir (n. 1940) y A’id Jisbak (n. 1945)[iv].

Ya sé que lanzar aquí esta larga lista de nombres puede no decir nada, pero para mí es un humilde homenaje a unos escritores y a un país con una trayectoria literaria y cultural extensa e intensa. Y es también la constatación de la ausencia casi absoluta de mujeres en este panorama narrativo iraquí. Porque, exceptuando a Dayzi al-Amir, el resto son escritores varones. Realmente no es fácil encontrar escritoras iraquíes de renombre, me refiero a escritoras que hayan logrado la aceptación del público, o, voy aún más lejos, que hayan traspasado las fronteras del mundo árabe y hayan sido traducidas a lenguas europeas.

Sin embargo, en el panorama de la literatura árabe no sólo ha habido (y por supuesto hay) una destacada presencia femenina, sino que también ha habido un feminismo militante. Y en él es necesario mencionar a la egipcia Nawal el-Saadawi, una de las escritoras que, usando la escritura como arma, ha tenido una más amplia repercusión, no sólo en su país. Defensora de la causa de la mujer, su obra está en buena parte traducida al español. Nawal el-Saadawi aborda a menudo cuestiones consideradas tabú, como la prostitución, que es tema destacado en su producción, entre otras en la impresionante novela Mujer en punto cero, que está traducida al español[v]. Su obra ha tenido un impacto enorme sobre las mujeres árabes, escritoras o no.

Muchas veces en la historia han sido las guerras las que han removido los cimientos de la sociedad. Me voy a remontar un instante al Líbano, cuya guerra civil en 1975 motiva en la intelectualidad del país una serie de reflexiones entre las que surge con fuerza, desde un sector de las mujeres del país, la idea del enorme potencial de la palabra. La ficción, la narrativa, se ve claramente como una forma de cambiar la sociedad cambiando la mentalidad de sus gentes. Los planteamientos iniciales versan acerca de la guerra y el papel de las mujeres en las guerras, generando escritos marcados por el compromiso político y por la reflexión sobre la situación de la mujer.

Desde el Líbano, estas corrientes se extienden a otros países árabes, y, entre ellos a Iraq, donde la escritora Dayzi al-Amir[vi], al igual que otras escritoras árabes, se hace eco del caos de una sociedad en la que la guerra ha dejado sus huellas. Pero el planteamiento de estas mujeres va siempre más allá: es un cuestionamiento continuo de los principios patriarcales de las sociedades árabes, en los que la mujer ha sido siempre menor de edad. Su tutela es del padre hasta que se casa, luego pasa al marido, y si enviuda pasa a los hijos varones. En caso de que la mujer permanezca soltera, siempre hay hermanos o miembros varones de la familia que la tutelan[vii]. Cuando las mujeres empiezan a acceder masivamente a las escuelas y universidades estos planteamientos machistas y opresores caen por su propio peso. Las mujeres, que encuentran dificultad para enfrentarse a estos sólidos principios cara a cara, encuentran una vía magnífica a través de la literatura.

Estas escritoras, con mayor o menor claridad, proponen una feminización de la sociedad, y un replanteamiento de los roles tradicionales de la mujer. Y crean así una literatura activista, militante[viii], que se extiende a países en los que antes sería impensable que una mujer pudiera de algún modo reivindicar algún derecho. El grupo de mujeres, cuyo centro siguió estando en Beirut, extiende sus ideas hacia otros países árabes. En ese contexto, no quiero dejar de mencionar algún titulo, por ejemplo la antología de poemas de la saudí Fawzía Abu Jalid, titulada ¿Hasta cuándo ellos te van a violar en la noche de bodas?, publicada en 1973.

En estos años setenta del siglo XX hay otros temas recurrentes en la literatura: denuncia al analfabetismo de la mujer y al rechazo de las familias a que accedan a niveles de estudios elevados; revisión de la sexualidad, de las costumbres ancestrales, de la marginación... todo eso es reivindicado en esta literatura en la que la ficción esconde denuncia siempre.

En los años 80 numerosas mujeres escritoras entran en la historia de la literatura árabe. El aumento del número de lectoras, gracias al acceso de la mujer a la cultura, hace que la espiral lectoras-escritoras sea imparable. Los temas se plantean ya con absoluta claridad. [Quiero hacer una reflexión ahora: el que los temas en la literatura se planteen con claridad no indica en absoluto que estos temas estén en las discusiones de la calle, o en la política. En cualquier caso seguimos hablando de una elite].

En esas décadas de los setenta y ochenta del siglo XX empieza su labor la iraquí Alia Mamduh, escritora desarraigada, inconformista, mujer entre escritores hombres en su mayoría, quien publica en 1973 su colección de cuentos Editorial para la risa[ix].

En las sociedades arabo-islámicas tradicionalmente el espacio privado ha estado reservado a las mujeres, siendo el espacio público territorio masculino[x]. Las narraciones orales, los cuentos populares, son contados por los hombres en las plazas y por las mujeres en las casas. Es el señor quien recibe a las visitas, quedando las mujeres ocultas en ese espacio conocido como "harén", cuyo único significado es "territorio privado o íntimo de la casa".

Si trasponemos esto al terreno de la literatura, con ella la mujer sale del terreno íntimo, del anonimato, y entra de lleno en la escritura, a ser conocida, a irrumpir en el espacio público. Y esto no es en absoluto fácil. Buena prueba de ello son las escasas, escasísimas menciones que a escritoras mujeres se hacen aún hoy en los manuales de literatura árabe, o en las antologías de textos árabes contemporáneos[xi].

Con todos estos condicionantes, cabría preguntarse por los temas que ocupan y preocupan a las escritoras árabes. Es evidente que son muchos, pero también es cierto que podemos citar algunos que verdaderamente son recurrentes, y que se resumen en la descripción y reflexión sobre tres conflictos: el conflicto en su búsqueda de identidad como mujeres, su conflicto con los hombres y su conflicto con las normas de la sociedad tradicional[xii]. Actualmente a menudo estas mujeres se escudan en autobiografías más o menos noveladas, y huyen del exotismo precisamente porque es lo que se espera de ellas. Construyen en sus obras universos femeninos autónomos en los que las mujeres protagonistas son a menudo víctimas, pero no necesariamente pasivas.

Alia Mamduh es hoy uno de los máximos exponentes de esa literatura iraquí y árabe a la que me vengo refiriendo. Nacida en Bagdad, en 1944, estudió psicología en esta ciudad, y en 1973 publicó su primera colección de cuentos, que he mencionado antes. A ella se sumó en 1978 una segunda colección, Notas al margen para la señora B, y tres novelas, aparecidas a partir de 1980. La primera de ellas llevó por título Layla y el lobo (1980). En 1982, Alia Mamduh abandonó el país: su marido se casó con una segunda mujer, y Alia se negó a aceptar la poligamia y se marchó[xiii]. Tras pasar algún tiempo en Marruecos y Gran Bretaña, se instaló en 1990 en París, donde vive en la actualidad, colaborando con la prensa árabe. Su segunda novela es Naftalina[xiv] (1986), y a ella le siguen La pasión (1995) y La moza (1999). En 1993 reúne en un libro, Acompañamientos, varios ensayos sobre cuestiones actuales del mundo árabe y Europa[xv].

Naftalina forma parte (junto con La pasión) de la autobiografía literaria de esta autora. Su fama ha hecho que haya sido traducida a varios idiomas europeos dentro del proyecto editorial Memorias del Mediterráneo[xvi], que nació en 1996 con el objetivo fundamental de dar a conocer la literatura del sur del Mediterráneo. En este marco se ha traducido un buen número de obras actuales de la literatura árabe, con especial hincapié en aquellas que tienen un marcado carácter autobiográfico. Naftalina fue publicada en 1986, y traducida al español en 2000[xvii]. Esta novela describe, desde la perspectiva de una niña de nueve años, la vida cotidiana en un barrio pobre de Bagdad, en los años cuarenta.

Lo que verdaderamente me interesa aquí es ese mundo femenino al que me he referido más arriba. Un mundo femenino que en Naftalina pivota en torno a dos hombres, dos ejes que ejercen su autoridad y su influencia incontestable, que impiden que las mujeres sean libres, que accedan al espacio público, a la calle, a la libertad, a la vida, que coartan el movimiento. En torno a ellos hay una maravillosa galería de mujeres, unidas por una lucha común, y por el respeto y el temor también común hacia esos hombres.

Hombres arbitrarios, repelentes y autoritarios que de inmediato se hacen temer u odiar. Violencia doméstica, ternura, sumisión, sufrimiento. Y entre esos temas tan habituales en la literatura árabe femenina, otros, esta vez tabúes, como el lesbianismo.

Quiero leer un breve fragmento en el que la relación mujer-mujer es totalmente explícita, sin las limitaciones habituales en esta literatura:

(...) Te habían llenado [la cabeza] de preceptos y amonestaciones Pero tú decidiste otear la senda de los pecados y así seguiste mirando a través de los agujeros, las puertas y las aberturas de las ventanas hacia (...) Nayia y Bahiya, la una sumida en el regazo de la otra, musitando líquidos y palabras sin sentido por entre sus labios, con las carnes estremecidas y las mentes bullendo de nuevas verdades.

Cuando tu abuela subía a la azotea, llevaba la esterilla en una mano y el Corán en la otra. Pedía a Dios que velase por todos sin preocuparse por lo que pudiera ocurrir abajo. Y entonces ellas dos se tendían y comenzaban a descender por sus cuerpos. Entretejían los brazos, dejaban que las ropas cayesen y mostraban dos cuerpos azotados por pertinaz sequía. Entonces, la pequeña superficie de la habitación entraba en un éxtasis frenético de gemidos, ayes entrecortados y promesas. Una llovizna fina borbotaba de ambas: "¡Mátame, vida mía Bahiya, sí, mátame, luz de mis ojos!"[xviii]

En esta galería de mujeres que pululan por el interior de la casa[xix], me interesa especialmente el personaje de Farida. Ella está verdaderamente guardada entre bolas de naftalina que conservan su belleza, su virginidad, su honor, su pureza hasta la llegada del deseado marido: Un hombre, el señor Munir, que la dobla en edad, ya que ella no tiene dieciocho años y él ronda los cuarenta[xx], y cuya descripción lleva al lector a un rechazo inmediato:

El señor Munir, cuando hundía los dedos en el antebrazo de tu tía [Farida], dejaba una señal que no se iba en días, como una bofetada. Venía sin anuncio previo y salía sin despedirse. Si callaba, sabíamos que algún peligro acechaba; y si hablaba, farfullaba cosas incomprensibles. Corto de estatura, rechoncho, siempre con traje completo y corbata nueva. Los zapatos relucientes, lo mismo que su calva. Sin parar de hacer burlas y chanzas, riendo y guiñando el ojo, brincando como un saltamontes, andando deprisa como una cucaracha de alcantarilla. Se movía como los héroes de las películas. Cuando entraba, me pellizcaba la mejilla; cuando salía, me daba un golpecito en el trasero. Llenaba los platos de colillas, sin dejar de beber té y agua.

Había algo maligno en él, con esa expresión en el rostro que nunca te dejaba saber si iba en broma o en serio. Escupía en el suelo, tosiendo con fuerza. Preguntaba mucho por tu hermano. Pero Ádel le tenía miedo, yo lo provocaba siempre, mí madre desaparecía de su camino, y la abuela todo lo observaba con atención. Nos parecía grande, peligroso.[xxi]

La joven tía Farida recibe la peor parte en esta historia. Ella es, en mi opinión, el símbolo de la castración mental y física a la que puede llegar una mujer cuya vida y cuya felicidad dependen exclusivamente de la voluntad de un hombre. Ella es símbolo del sufrimiento femenino, y en ese sentido la autora nos la presenta como una mujer de extraordinaria belleza, cuyo único fin es el matrimonio:

Cuando te quedabas a solas con tu tía Farida, te sacaba a la calle a hacer visitas. Cogidas de la mano, su abaya negra delimitaba un nuevo y confuso ser mientras pasaba por delante de las tiendas y los cafés. El movimiento de sus babuchas sumía a todos en un mar de fantasías. Andaba con parsimonia, detenida, como si estuviese bailando. Los chicos se apartaban un poco para dejarnos pasar, los jóvenes emitían sus silbidos comedidos, y los hombres suspiraban, Pero ella no miraba a nadie. Cuando ya habíamos pasado gritaron:

-¡Ay, lo que daría por ser babucha tuya!

(...)

Tu tía dejó la escuela cuando acabó primaria y fue a ocupar su asiento en la casa a la espera del señor Munir. Tu padre le daba una paga mensual lo mismo que a tu abuela. De vez en cuando salía para ir a los baños grandes, a casa de los vecinos o a la casa de tu abuelo. En estos lugares su cuerpo bullía hasta casi desbordarse. Y un desbordamiento en sitios así podría acarrear una muerte lenta o un escándalo mayúsculo. Pero el señor Munir seguía demorando el asunto. El bendecido, el primo, el mayor, el ricachón desocupado y feo, todavía dudando si pedir su mano o no. Sin embargo, no tenía más que ir y allí estaría ella, dispuesta, fragante y, además, arrebatadora. Era la más guapa de la casa y de todo el barrio. A base de tanta belleza ansiaba prender algún corazón. Despertaba mayor interés todavía cuando surcaba sus párpados con polvo de antimonio. El cuerpo rebosante de salud, las carnes nadando dentro de esas ropas ajustadas que le hacía Raquel, la costurera judía. Las caderas subidas, las piernas rellenitas, el pecho apretado, erguido y frondoso. Cuellilarga, de mejillas amplias como tu padre; a la altura del labio inferior, en la mejilla izquierda, un lunar que la hacía aún más atractiva. Un lunar así es capaz de convencer a cualquier hombre o mujer de la fuerza del deseo que la consumía por dentro. Sus ojos, hendidos con cuchillo afilado, almendrados, negros, ribeteados por espesas cejas que rara vez depilaba. Los rasgos de su rostro oscilaban en la altivez de una princesa y el arrepentimiento de una adúltera. El pelo, de color carbón con un mechón blanco que comenzaba a asomar. Cuando reía, se le dibujaban dos hoyuelos en las mejillas. Y si callaba, exhalaba un silbido ronco de aire. Tu tía también cantaba: su voz se estiraba y encendía con el sempiterno dolor iraquí cuando entonaba las tonadas y coplas de amor roto típicas del sur.[xxii]

Hasta la llegada del ansiado marido, Farida está condenada a la virginidad, pero no renuncia ni a la sexualidad ni a la sensualidad. El relato que Alia Mamduh hace de Farida proporcionándose placer a sí misma es trasgresor y novedoso en la literatura femenina árabe, que tradicionalmente ha tratado estos temas bajo el velo del pudor, o normalmente los ha evitado. Alia Mamduh se recrea en la descripción de este momento:

Ahí está [Farida], en la habitación,con la nariz buscando las sendas de la fragancia de la carne tierna. Le gustaba el perfume de los otros cuerpos, su sudor, su sal; la lengua le vibra en la boca antes de salir afuera, la saliva seca, los huesos del pecho que le refulgen, y un hormigueo le sacude las arterias de los muslos. Miles de deseos la surcan mientras extiende los dedos temblorosos hacia el vientre, girando sobre sí misma en un círculo cuyo diámetro venía dictaminado por el ardor de un sexo clamoroso y oculto. Los labios engrasados de saliva abundante soltaban un «ay» tras otro. Se miraba los pezones hinchados, abría de par en par los poros de la piel y se embarcaba en los confines del frenesí. Sin dejar de retorcerse con la virulencia de una manguera bramando agua por el suelo, sin taparse. Tú estabas detrás de la ventana, observándola. Desmelenada como una gitana.[xxiii]

En Naftalina, de la mano de Alia Mamduh, el lector entra también en el baño árabe, un mundo sensual, atractivo, íntimo y exclusivamente femenino; el baño público, en el que las pieles brillan, los cuerpos se acarician, y la complicidad se hace dueña de este espacio vetado a los hombres. "No hay barricadas –dice el texto– en los baños iraquíes, las fronteras están abiertas, y la única lengua que sirve para comunicarse es el tacto"[xxiv].

Munir la pide en matrimonio, y Farida, que ha esperado pacientemente la llegada del hombre, se prepara: prepara la cama, las ropas y la palangana para lavar su primera sangre. Prepara el ajuar y los perfumes. Depila su cuerpo, y organiza la que será su alcoba de casada. Prepara la fiesta y la comida de la boda, el camisón y los pasteles. Pero la boda no podrá celebrarse, porque muere repentinamente otra mujer en la familia. Farida sigue con el traje nupcial. La celebración de la boda se transforma enun funeral, y Munir desaparece sin dejar rastro. Y sin haberla tocado. Farida pierde la razón: su obligación de esperar virgen al esposo mata su sexualidad, y la hace enloquecer de deseo y frustración. Ella es la carne sin carne, la piel no acariciada, el sexo nunca compartido.

Las mujeres en esta obra están envueltas en un manto de sufrimiento, de expectativas no cubiertas, de frustraciones;ellas siempre esperan. Dice el texto:

A tu alrededor sólo hay mujeres. Mujeres consignadas en los mapas de las ciudades, deseadas hasta el día del Juicio Final. Vuelan, caminan despacio, se arrastran y escuchan los rumores, pero siempre con el temor de surcar la región prohibida: el hombre[xxv].

Y en otromomento señala:

Eso mismo han hecho las mujeres que conoces [....]. Todas ellas pensaron que el ansiado y diabólico compañero de mesa habría de arroparlas con un nombre, un apellido y un refugio. Mujeres que esconden las flechas oxidadas en sus corazones cuando regresan a los callejones húmedos, al banco manchado, las camas frías y los niños siempre descontentos[xxvi].

Alia Mamduh, con este relato despiadado, denunciaba la situación de toda una generación de mujeres iraquíes y árabes. Afortunadamente hoy, sesenta años después de los momentos narrados en la novela, las leyes y las mentalidades han cambiado mucho en los países árabes. Muchas mujeres tienen acceso a la cultura y a la educación, lo que a la vez les abre camino hacia los espacios públicos. Hoy, afortunadamente, muchas mujeres árabes saben lo que quieren para ellas, y sobre todo saben lo que no quieren. Y conocen los mecanismos para lograr sus derechos. Y no sólo tomando como modelo a Occidente, sino también desde su propia cultura, conjugando la tradición con la modernidad de la mejor manera posible. El camino no está aún recorrido en su totalidad, pero sin duda el avance ha sido considerable.

En Iraq hay y ha habido mujeres que escriben, mujeres que han creado una literatura moderna, que han contribuido a la historia de la literatura árabe, aunque hoy, desgraciadamente, este país esté sumido en una crisis profunda y, de momento, insalvable. Y aunque estas mujeres tengan que desarrollar hoy su labor en el exilio o simplemente no desarrollarla porque tienen que atender a otras necesidades más vitales e inmediatas que la literatura. En ese sentido concluyo mi trabajo precisamente con las palabras de Alia Mamduh, mujer, iraquí y escritora:

Soy iraquí hasta la médula, y cada día que mi país se ve expuesto al exterminio y el peligro sé lo que puedo hacer. Encaro mi patria y mi cultura nacional no desde el ángulo chovinista sino ampliando mi presencia en su interior y convirtiéndola en la personalidad principal dentro de cada novela que escribo, escrutando y contemplando, analizando y dando testimonio de los desmanes, los embustes ideológicos y la obscenidad de la política internacional que tan caro ha costado a mi país y a mi pueblo. Escribiendo sobre Iraq me protejo, en primer lugar, a mí misma y velo, además, por el sistema de valores artísticos y culturales de una de las naciones más ilustres y añejas del mundo. En definitiva, escribiendo me opongo a los intentos del otro de despojarme y alienarme como escritora y ciudadana iraquí[xxvii].

Fdo. Mª Dolores lópez Enamorado (universidad de Sevilla)

[i] Puede verse un recorrido por esta literatura árabe contemporánea, con especial atención a la narrativa, en: López Enamorado, Mª Dolores, 'Panorama general de la novela árabe desde sus orígenes a Mahfûz', en Salah Serour (coord.), Lingüística y literatura árabes, Vitoria: Artegarin, 2002, pp. 13-41.

[ii] El estudio de este autor y su obra constituye la Tesis Doctoral de Salvador Peña Martín, El escritor iraquí contemporáneo Fu’ad el-Tekerli, Granada: Universidad, 1983. Salvador Peña ha traducido además algunos de los relatos de Tekerli en su obra: La cara oculta y otros relatos, Madrid: CantArabia, 1987. Peña ha traducido también su relato "El horno (tentativas de autodefensa oral)", en una preciosa antología de textos publicada recientemente: Abu Nuwás y otros, Iraquíes, Málaga: Miguel Gómez ediciones, 2003, pp. 123-127.

[iii] Mª Jesús Viguera y Marcelino Villegas tradujeron al español dos cuentos de Rubay’i: "Dos cuentos: Dos astros en la noche de la ciudad y La tierra da vueltas", Almenara, 3 (1972), pp. 172-181. Mª Luisa Prieto González ha dedicado su Tesis al estudio de la obra de este autor (Abd al-Rahman Mayid al-Rubay’i y la renovación de la narrativa breve iraquí. Madrid: Universidad Autónoma, 1983). Prieto ha traducido algunos cuentos más de este autor, entre otros El secreto del agua y otros cuentos, Madrid: Alba, 1986.

[iv] Martínez Montávez, Pedro, Introducción a la literatura árabe moderna.Madrid: CantArabia, 1985, pp. 94, 127, 149-150 y 227. Hafez, Sabry. "The modern Arabic short story". En: Badawi, M. M., Modern Arabic Literature, Cambridge: Cambridge University Press, 1992 (reimp.1997), p. 327. Marcelino Villegas dedicó varios estudios a la narrativa iraquí del siglo XX, entre otros: Prosistas iraquíes de la realidad. Una generación: 1945-1958 (Tesis Doctoral), Universidad Autónoma, 1983. También: Villegas, Marcelino. "La monarquía como desfile en tres novelas iraquíes de los años 70". Homenaje al prof. Darío Cabanelas Rodríguez, O.F.M., con motivo de su LXX aniversario.Granada: Publicaciones de la Universidad de Granada, 1987, vol. II, pp. 147-159. En español puede leerse también la antología de Martínez Montávez, Pedro y otros. Literatura iraquí contemporánea. Madrid: Instituto Hispano- Árabe de Cultura (Seminario de Literatura y Pensamiento Árabes Modernos), 1977 (2ª ed). Algunos arabistas españoles han llevado a cabo estudios y traducciones de novelas y cuentos iraquíes actuales. Estas referencias, hasta 1992, pueden consultarse en Gómez Camarero, Carmen, Contribución del arabismo español a la literatura árabe: Catálogo bibliográfico (1930-1992), Granada: Universidad, 1994, esp. pp. 188-198.

[v] el-Saadawi, Nawal, Mujer en punto cero. Traducida por Patrocinio López Herrada,Granada: al-Nahda, 1989.

revista la otra pagina © Laotrapagina.com | Queremos que este sea un lugar propio en el que todo aquello que tenga relación con la mujer pueda ser escrito y publicado, comentado y debatido; también criticado, con buenas prácticas.
Desarrollo web: Olivier Bertoncello Data Consulting
Domingo 23 de julio de 2017 - 08:55