La cultura también manipula los instintos básicos
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La autora de este artículo pretende divulgar una teoría argumentada sobre hipótesis razonables que considera pueden ayudarnos a desmitificar y comprender aspectos controvertidos de la existencia.

Uno de los secretos de la vida se llama gen y al conjunto de genes se le denomina genoma, el genoma viene a ser tal que un código de barras impreso con el que se nace, que identifica a los individuos de cada especie y que programa muchos aspectos de su vida posterior. La trasmisión de la información genética se realiza de los progenitores hacia su descendencia mediante células sexuales. Los humanos como el resto de los seres vivos, somos portadores de genes cuya única finalidad es perpetuarse, reproducirse de todas las formas y maneras posibles en múltiples combinaciones. La naturaleza inventó las fórmulas más diversas a tal fin y siendo conservadora en sus principios, cuando una fórmula le funciona desencadena mecanismos para fijarla y usarla indefinidamente.

Los instintos son uno de los mecanismos que pone la naturaleza al servicio de algunas especies, son impulsos internos anteriores a la experiencia. El apareamiento es un mecanismo instintivo mediante el cual los humanos, al igual que otras especies animales se reproducen, biológicamente es el impulso que trata de llevar una célula sexual masculina (espermatozoide) hacia la femenina (óvulo) con objeto de ser fecundada, por tanto la conducta sexual es en origen instintiva.

En la naturaleza los sexos aparecen con objeto de procrear y de ahí los comportamientos sexuales diferenciados. Pero la sexualidad humana hay que considerarla no sólo dentro de un contexto biológico, si no también cultural. Ahora bien, aunque resulte controvertido, la reproducción no es una función secundaria de la sexualidad humana porque existan el amor y el placer, pues eso sería tanto como decir que la alimentación es una función secundaria porque existe el arte culinario. Los órganos están diseñados con un objetivo fundamental, la naturaleza en eso es pragmática, es la cultura la que puede diversificar sus funciones.

El celo es la fórmula que emplea la naturaleza con objeto de asegurar la reproducción de los mamíferos. El tiempo que transcurre entre una ovulación y otra recibe el nombre de ciclo estral, y dentro de ese ciclo hay un periodo en el que la hembra está receptiva a la cópula, es el celo o estro. La iniciativa de la copulación parte de la hembra, su fisiología emite diversas señales que atraen al macho. Por tanto, la hembra marca los ciclos reproductivos engarzada con el resto de ritmos biológicos, lo que permite la supervivencia de las especies.

Las hembras en celo eligen pareja reproductora en base a criterios diversos, pero siempre respaldados por respuestas cerebrales específicas para evaluar al macho, derivadas de la propia selección natural de la especie y encaminadas a garantizar la viabilidad de la misma. Pero el despliegue de señales de que se vale la naturaleza para despertar la atracción de los sexos cuando llega la época del celo, diverge del resto en la especie humana porque la ausencia de celo femenino altera el procedimiento aunque, paradójicamente, lo que no sufre alteración es la química que regula la atracción. Así mismo, las relaciones sexuales continuas también son una excepción de la especie humana, tan singular como que las mujeres carezcan de celo. Ambas cuestiones están directamente vinculadas entre sí y con otros dos factores que son la monogamia y las poblaciones con un número similar de individuos de sexo diferente. Estos acontecimientos aparentemente azarosos junto con otros, perturbarán significativamente la vida de las mujeres.

Entre los factores que pueden modificar los comportamientos sexuales y sus

alteraciones se podrían citar varios que, combinados o no en la especie humana

determinarían el cambio, y entre los que se pueden enumerar como posibles están las

mutaciones genéticas, la selección natural, la cautividad y la manipulación

sociocultural de la mujer.

Se puede considerar la posibilidad de que entre los homínidos primitivos una hembra, por alguna alteración genética, naciera sin la característica de producir señales delatoras en el periodo fértil, conservando sin embargo sus deseos sexuales y su capacidad reproductora. Tal suceso provocaría que a los machos le pasase desapercibida, pero siempre podría darse el caso de que uno de ellos, tal vez de los rango inferior la cubriera. Esto permitiría a la pareja realizar prácticas sexuales en cualquier momento. Algunas de las hijas heredarían esta particularidad con lo que se multiplicarán progresivamente. Sin embargo esta hipótesis debiera aportar ventajas tales que la propia selección natural la premiase eliminando la opción anterior. A priori, y aún teniendo en cuenta que el celo desaparece en la generalidad de las hembras humanas, no parece probable tal conjetura puesto que las posibles ventajas no resultan determinantes en el proceso reproductivo si no más bien todo lo contrario, ya que inhibir señales delatoras de fertilidad va en contra del objetivo de procreación y la propia excepcionalidad en la naturaleza lo cuestiona.

La selección natural contempla sin embargo varias opciones:

La naturaleza establece como norma general poblaciones con un reducido número de machos respecto al de hembras que alcanzan la madurez sexual, porque biológicamente un sólo macho produce andanadas suficientes de espermatozoides para fecundar el óvulo de varias hembras en un sólo día, pero en la especie humana se produce un desequilibrio demográfico en algún momento de su andadura evolutiva. La desproporción causada por una superpoblación de machos pudiera surgir por una excesiva mortandad de hembras, debido a que aparejado al bipedismo aparecieran dos factores nuevos; por un lado la posición erguida obliga a los homínidos a adaptar las caderas provocando en las hembras reducción del su canal del parto, este hecho agravado por el simultaneo aumento del tamaño craneal de los fetos serían los causantes de un gran número de muertes de hembras por parto. La evolución llevaría a las hembras a parir crías cada vez más prematuras, de hecho aún las parimos, y a su vez van sobreviviendo las hembras con más amplitud del canal pélvico. Pero simultáneamente el desequilibrio de población con merma femenina traería consigo disputas enconadas entre los machos imperando la ley del más fuerte, no para disputarse un harén, si no para conseguir una sola hembra, porque la mortandad pudiera haber demediado la población femenina hasta casi igualarla a la masculina. El canibalismo es una práctica que parece contarse entre las de nuestros antepasados y que surge dentro de poblaciones donde aumenta el número de individuos que rivalizan por algo vital, la competencia desata luchas por el alimento, el territorio, y en este caso por las hembras.

Sin embargo tal desequilibrio en la población tuvo muchas oportunidades de corregirse a lo largo del tiempo, ¿por qué perdura?: la única explicación es que esté fijado en los genes y por eso sea aleatorio entre los humanos el número de nacimientos de género diferente. La pregunta es, para qué, si un macho garantiza la fecundación de muchas hembras. La respuesta pudiera encontrarse en que la pareja resultó garante eficaz de la especie durante tanto tiempo que se fija genéticamente como fórmula efectiva, un procedimiento habitual en la naturaleza que es conservadora por sistema. Si en las nuevas condiciones ambientales que obligan a aquellos primates a iniciar el bipedismo y con ello el camino hacia la humanidad futura se puede prescindir de los factores ambientales tales como que el aumento de temperatura puede derivar en un incremento de machos en la descendencia, entonces la variante demográfica se debe establecer por la eficacia biológica misma.

La selección natural escogería a los homínidos mejor dotados y adaptados para afrontar el cambio de hábitat, las ventajas de la marcha bípeda están en el control visual amplio y la liberación de las manos para la manipulación de objetos y por ende para la inteligencia. Pero a las hembras de la especie las expone a una situación de indefensión sin precedentes; por un lado su cuerpo tardará más tiempo en adoptar la postura vertical que el del macho, dado que su anatomía debido a la maternidad necesitará de mayor plazo de tiempo en el proceso de adaptación, lo que trae consigo mayor torpeza para escabullirse de los peligros, además de que el transporte de los hijos, que a cuatro patas se realizaría a la espalda, en la posición erguida requiere al menos de un brazo, pues las crías prematuras no tienen la fuerza de prensión para asirse a sus madres, con lo que las posibilidades de supervivencia de las hembras se ven también claramente disminuida respecto al macho.

Mientras el primate lejano fue exclusivamente un reproductor oportunista dedicado a rivalizar con sus congéneres a la hora de promocionar sus genes, la hembra cargaba con todo el peso de la crianza sin necesidad de depender del macho, sin embargo en la excepcional situación podría haber incidido otro factor que también diera origen o al menos ser determinante en la elección forzosa de la fórmula de la monogamia, porque por propia supervivencia el homo erectus se vería obligado a formar parejas para garantizar la viabilidad de los descendientes; parejas con crías a las que cada macho pudiese proteger no sólo de sus semejantes competidores, sino de los nuevos peligros de la vida terrena y abastecer de alimentos en ese medio hostil, familias reunidas en clanes con un número reducido de componentes. Conclusión: sólo prosperarían aquellos clanes donde el número de nacimiento de machos se ve incrementado. Selección pura y dura.

Ahora bien, ese proceso de cambio y adaptación al nuevo medio, que tuvo que durar mucho tiempo, al menos un millón de años para hacernos una idea, supone también tener que superar otros inconvenientes que la propia naturaleza tenía controlados allá por el entorno arbóreo, entre ellos cuestiones relativas a las conductas sexuales para la reproducción, que vienen fijadas genéticamente con anterioridad. La pregunta es: ¿ cómo pasa ese macho genéticamente programado para una poligamia promiscua a una monogamia de abstinencia?, sobremanera si los plazos fértiles de las hembras se establecen por periodos de crianza de al menos cuatro años entre sí para salvaguardarse, porque si una hembra embarazada es una presa fácil, transportando además una cría en brazos está absolutamente indefensa.

¿Qué pasaría entonces con aquel macho predispuesto a múltiples y frecuentes cópulas?. Lo más atinado es deducir que sometería a la hembra a copulas indeseadas: el macho aprende a desahogar su ardor sexual al margen de las señales del celo. De manera que la supervivencia en el nuevo medio hostil encuentra en la monogamia la fórmula más idónea, si bien la hembra queda relegada a una situación dependiente y de sometimiento. Ambas cuestiones darían como resultado la practica de relaciones sexuales continuadas y consecuentemente la inhibición del celo femenino puesto que además de innecesario, el celo pudiera alertar a otros machos creando rivalidad y más riesgos añadidos.

La cultura también manipula los instintos básicos transformándolos en comportamientos nuevos, comportamientos que se superponen a los clásicos de la evolución biológica y que en ocasiones modifican los factores que la rigen

Como tercer

factor posible desencadenante

de la perdida del celo se mencionaba

la cautividad o cualesquiera

formas de esclavitud. Si bien está demostrado

que la cautividad y la domesticidad entendidas

como modificación drástica de un hábitat de supervivencia altera muy seriamente la conducta sexual y la reproductiva de las hembras de algunas especies y su fisiología, cabe tener en cuenta que son básicamente las modificaciones de las condiciones del hábitat una de las causas de que en algunas especies se desdibuje y alteren los ciclos reproductores de las hembras, porque una hembra no está programada para procrear cuando no tiene garantías de autosupervivencia, ya que si ella muere el esfuerzo es baldío. Lo que reafirmaría la teoría anterior, sin eludir que a lo largo de la historia la psique de la mujer fue tan maltratada que hasta sus ciclos naturales pudieron sufrir alteraciones. La mujer sufre un sometimiento tal que su situación encaja dentro de lo que se podría considerar un perverso cautiverio, el sexo cautivo, el útero cautivo, del que no se libraron reinas ni princesas.

Por otro lado los periodos de esclavitud a que fueron sometidos ciertos pueblos a lo largo de la historia refuerzan la aparición de conductas negativas y las condiciones de inferioridad de las mujeres de esas sociedades, lo que aún se puede comprobar en casos de minorías étnicas o pueblos acosados por situaciones de guerra prolongada.

Queda por considerar la influencia de la cultura, porque la cultura ha dado una vuelta de tuerca al prehistórico proceso evolutivo, la manipulación impone en algunos casos sutilmente el sometimiento de la mujer, incluso lo dignifica en apariencia, surgiendo entonces una conducta sexual codificada mediante artificios que normalizan el contacto sexual dentro de las propias estructuras sociales. Pero la cultura también manipula los instintos básicos transformándolos en comportamientos nuevos, comportamientos que se superponen a los clásicos de la evolución biológica y que en ocasiones modifican los factores que la rigen.

Si en la prehistoria de la humanidad se sentó un precedente de alienación de las mujeres, que trae consigo la consecuencia de que posteriormente a través de la historia la mujer permanezca relegada a un segundo plano con la instauración del patriarcado, el precio real aun se paga, la deuda pende de las mujeres actuales con la connivencia de leyes sociales y religiosas masculinas en todas las culturas del planeta. La contraprestación ha derivado en un régimen de propiedad siendo comprada, vendida y alquilada.

Si consideramos acertado afirmar que la evolución humana se realiza en sus orígenes sacrificando las hembras para conseguir perpetuar la especie, aunque sin descartar que los machos corrieran también otros riesgos destinados al mismo fin, y que la monogamia distribuye unos papeles que le dan al macho supremacía, entonces se puede afirmar que la fórmula resultó eficaz para la supervivencia de la especie, al menos hasta nuestros días, donde la familia monógama es la célula social por excelencia y donde aún colean los atávicos comportamientos fijados en los genes, es decir sustancias químicas y hormonas que desencadenan en los individuos, a estas alturas de civilización, comportamientos absolutamente desconcertantes, donde la razón queda anulada y la lógica pierde fundamento.

Pero si esto fue así, ¿con qué recompensó la naturaleza el sacrificio de las mujeres?: las más optimistas pudieran pensar que con el orgasmo y con el amor, como sentimiento sublime y trascendente. Es muy posible, aunque habrá discrepancias de que al menos lo segundo sea una ventaja real a la luz de las evidencias. A priori, se puede afirmar que el placer sexual y el amor, son artimañas programadas por los genes para perpetuarse y que engatusan principalmente al sexo femenino que representa la mayor carga y responsabilidad en la transmisión genética, es decir la peor parte. El amor surge como sentimiento por antonomasia para garantizar la vida de la pareja humana, y si bien la sentimentalización del sexo es un aporte básicamente femenino, aquellos aspectos relativos al cortejo y la seducción que están exclusivamente destinados a culminar en el coito son obra masculina, y llegan a adquirir dentro de las culturas aspectos muy diversos que esconden e incluso distorsionan el objetivo biológico, pero que en ningún caso lo invalidan.

Fdo. Rosa Martínez

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