IMPACTO DEL PENSAMIENTO FANÁTICO RELIGIOSO

LA HISTORIA DE UNA JOVEN EGIPCIA MUSULMANA /y 2

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LA HISTORIA DE UNA JOVEN EGIPCIA MUSULMANA /y 2

Un hombre egipcio había sido muy estricto con su hija y no le permitía trabajar fuera de casa a no ser que estuviera completamente aislada de los hombres. Encontró el trabajo 'ideal'. Muchos meses más tarde, era primavera, el hombre llevó a su hija al despacho de la psiquiatra Nawal el Saadawi para que fuera tratada. Lo que sigue está basado en la historia de esta joven mujer. La televisión egipcia quiso producir una película basada en esta historia, a condición de que la protagonista no fuera descrita como una mujer con velo a pesar de que en la vida real ella lo llevaba.

Dormía inquieta, y mientras lo hacía, las pesadillas se repetían: veía como la tierra se inundaba en un mar de aguas mientras ella permanecía de pie a la entrada de la ciudad y, de repente, ahí estaba él, enfrente de ella, sin notar su presencia, caminando muy despacio, luego se da la vuelta y la busca. Sus ojos tienen la misma mirada de siempre. El agua comienza a cubrirle pero él sigue mirándola hasta que desaparece tragado por el agua. Sus ojos son lo último en desaparecer. Por la mañana, cuando abría los ojos, el bramido del mar continuaba en sus oídos y las voces pidiendo ayuda eran apagadas por el sonido de las aguas estrepitosas. En ese momento que hay entre el estado de vigilia y el sueño, aparece la pesadilla: la destrucción de su ciudad hace siete mil años ante sus propios ojos. ¡El se ahogó hace siete mil años entre todas aquellas personas que Dios se llevó en el diluvio! Continúa en la cama aún a pesar de que se estaba haciendo tarde para ir a la oficina. Por fin se levanta. El cuerpo le pesa una tonelada, y en el espejo, se ve los ojos rojos y llenos de lágrimas, se los toca y se da cuenta que las lágrimas son reales. Sabe que estuvo llorando mientras él se ahogaba. Pero lo que más le hizo llorar fue el hecho de que él no fuera un discípulo de Dios. Se había dado cuenta de que él era un vasallo del diablo; no le importaba. Las lágrimas seguían deslizándose por su rostro mientras se miraba al espejo. Parecía como si él hubiera muerto en aquel preciso momento, y no hacía siete mil años. Aquella mañana, de camino a la oficina, al pararse en un cruce levantó los ojos para mirar al semáforo cuando, de repente, le vio entre la gente que estaba cruzando la calle. Lo reconoció al instante: la cara era su cara, aquellos antiguos rasgos egipcios; los ojos eran sus ojos y en ellos se encontraba aquel movimiento tan característico de él y su mirada. Involuntariamente, se lanzó hacia él y estuvo a punto de aferrarse a su cuerpo pero, en el último momento sus brazos se quedaron oscilando en el vacío. De sus labios, invisibles bajo aquel tosco paño negro, salió una palabra apenas perceptible, '¿tú?'. La calle se encontraba atestada de personas corriendo de un lado a otro; las más cercanas a la mujer se pararon a mirarla, sorprendidas por una escena tan insólita. Vieron como la joven corría hacía aquel desconocido y cómo éste huía de ella. Ella una mujer joven, y él, un hombre joven caminando por la calle. No era en absoluto normal que una mujer se lanzara a los brazos de un hombre y, mucho menos, de un desconocido. Y ella, no era una joven cualquiera, era una criatura de cuyo ser no se traslucía nada, excepto dos pequeños orificios en un paño negro. La mujer corrió tras él pero éste, con rápidas y largas zancadas, logró escaparse de este extraño ser. Los curiosos allí arremolinados no daban crédito a lo que estaba sucediendo. Sus risas sonaban en los oídos de la joven que se encogió debajo del grueso paño. Continuó encogida todo el día, allí sentada en la mesa con el libro de registro en frente, la cabeza inclinada. Tan sólo sus ojos parecían tener vida mirando hacía la ventana, donde él se encontraba, en su sitio. La cara era la misma, la cara y los ojos tenían el mismo movimiento, y parecía más humano de lo que le había parecido a la gente de la calle, aún a pesar de que había muerto hace siete mil años con los ahogados en el diluvio. Lloró por su muerte. Todo ser humano muere pero la estatua de piedra ha vivido siete mil años: ¿Es la piedra acaso más permanente que los humanos? La pregunta giraba en su cabeza sin encontrar una respuesta, ahora tenía un amigo de piedra y sentía su presencia más que la presencia de otro ser humano con un cuerpo. La palabra cuerpo escapó de entre sus cerrados labios sin un sonido. La palabra en sí misma le produjo un escalofrío en su propio cuerpo, sin saber dónde, exactamente, estaba el estremecimiento. A través de los dos agujeros de debajo del grueso paño, los ojos robaron una mirada a su propio cuerpo; en su pecho había un corazón que latía y en su cabeza había venas y, a través de ellas manaba sangre caliente como el aire. Su mente comprendía que su amigo era nada más que una estatua de piedra, pero ella veía en los ojos la mirada de una persona a punto de hablar. ¿Sería posible que él hablara? ¿Y en qué idioma, en árabe o en egipcio antiguo? ¿Era fantasía o realidad? Y si era una fantasía, ¿de dónde venía? ¿Se mezclaba su imaginación con la sangre en sus venas y en la cabeza? La pregunta giraba en su cabeza con el movimiento de la sangre, como un remolino en el mar, y el agua le ahogaba como un diluvio, y allí estaba él, delante de ella y en sus ojos… había una mirada humana. En su fuero interno, ella estaba segura de que él era un ser humano, más humano que toda la gente del universo: no podía ser un demonio; podría jurar con toda consciencia que era un discípulo de Dios y no del demonio. Estaba totalmente consciente; cualquiera que la hubiera visto no dudaría de ello; su padre la veía de la misma manera, la veía todos los días, llena de modestia, totalmente cubierta, yendo a su oficina y regresando a casa a su hora. La directora del museo la veía sentada en su escritorio, concienzudamente con el registro enfrente de ella y cuando terminaba el inventario, en la mesa no había absolutamente nada; tan sólo el libro de Dios. En la calle caminaba con pasos moderados y con la cabeza baja. Otro día, mientras caminaba miró por los agujeros del grueso paño y le vio saliendo de una casa, al otro lado de la calle, con paso tranquilo y ajeno al ruido chirriante de las bocinas. Le vio, era la misma persona; no podía confundirlo después de todos estos días. Sus pies se clavaron en el suelo. Y su mano enfundada en su guante negro se posó en el corazón. El estaba allí, en medio de la calle y a su alrededor los coches corrían como una riada. Pensó que en cualquier momento se iba a caer y sería tragado por las ruedas; pero él no se cayó, continuó caminando con su paso tranquilo hacia la calle Nilo. Su cuerpo corrió tras él. Se daba cuenta de que era una ilusión y no una realidad, pero le veía con sus propios ojos, y mientras le viera con los ojos no le importaba que fuera una ilusión o una realidad. Sus pies caminaban tras él, y en sus oídos escuchaba el sonido que sus zapatos hacían al andar sobre el pavimento. Estaba a pocos pasos por delante de ella, si le hablara sería posible que él pudiera oírle pero no sabía cómo llamarlo; él no tenía un nombre. Sus labios lacrados bajo el grueso paño se separaron para emitir un sonido: 'usted'. Ella vio cómo él se giró y la miró a la cara. Se dio cuenta de que era él. Los ojos eran sus ojos, la expresión su expresión y oyó cómo él le preguntaba, '¿quién es usted?'. Su sorpresa la obligó a guardar silencio y permaneció clavada al suelo. El hablaba en árabe no en egipcio antiguo y pensó que él la conocía, de la misma manera que ella le conocía a él. ¿Cómo es que ella le conoce desde hace todo este tiempo y él le pregunta quién es usted? Ella continuó mirándole sin moverse. Después dirige sus ojos hacia el suelo y continúa con la cabeza baja durante un tiempo, a la vez que se encoge muerta de vergüenza. Después de todo esto él le pregunta que quién era ella. No podía creerlo. Levantó los ojos para cerciorarse de lo que estaba ocurriendo pero él había doblado la calle y había desaparecido entre la multitud. El segundo día, de camino a la oficina, iba con la cabeza inclinada como de costumbre pero los ojos se movían como dos abejas dentro de los dos agujeros, mirando a las caras de las personas. Su mente le decía que él ya no vivía, que vivió hace siete mil años pero sus ojos nunca descansaban, siempre estaban buscando a alguien. Su mente le decía que él existía, ella le había visto. Tanto en cuanto él existiera, ella podría verle de nuevo; a ella le superaba el deseo de verle de cualquier manera: que fuera de carne y hueso o que se tratara de un espíritu sin cuerpo le daba igual, lo que era importante era verlo de nuevo. ¿Cuál era la diferencia si él era espíritu o cuerpo en tanto que ella pudiera verlo? Ella esperó en el mismo lugar en donde el día anterior le había encontrado. Cuando él apareció en la calle, totalmente consciente se abalanzó encima de él. Era él, con su cara, sus ojos y expresión humana. Nada había cambiado excepto un bigote que había crecido encima de su labio superior. Sus labios cerrados se abrieron por debajo del grueso paño, emitiendo una palabra sin sonido: 'varón'. Nunca en su vida había podido proferir semejante palabra. Ella había pensado que él era simplemente un ser humano sin sexo pero, aquel bigote significaba que él era... sus pies permanecieron clavados al suelo, pero su mano bajo el guante negro se alzó para cubrir los dos pequeños orificios del grueso paño. Cuando se quitó la mano de los ojos la calle estaba aún con gente, pero él ya no estaba delante de ella; continuaba allí modestamente, completamente consciente. Bajo su hombro, en la cavidad entre su brazo y el pecho estaba el bolso de cuero que sobresalía a través del grueso paño, próximo a su pecho izquierdo. Sentía el tacto como si fuera electricidad. Su mente reconocía que tan sólo era un bolso de cuero con nada dentro, excepto el monedero y una pequeña estatua de piedra. Pero el roce continuaba fluyendo de su pecho izquierdo como electricidad. Aquel día volvió a casa sin su bolso; sin abrirlo lo tiró en un vertedero sin coger nada; incluso dejó el monedero. Se imaginaba que si lo abría le vería y había empezado a tener miedo de verle y no sabía por qué, pero había empezado a temblar de miedo. El miedo le acompañaba de vuelta a casa. Se tumbó en la cama y se dio cuenta de que ya no tenía el bolso; pensó que su miedo desaparecería pero, allí se quedó, dentro de ella hasta la mañana siguiente. El segundo día el miedo continuaba dentro de ella: en la calle, en la oficina, en la casa, en todas partes: le acompañaba como el temblor a una persona con fiebre. Una noche su padre le escuchó gemir en voz baja. Su cuerpo tembló como una persona con un ataque de malaria. Su padre la llevó al médico y estuvo medicándose durante 30 días pero la fiebre continuó. Por la noche su padre la oía hablar con Dios, pidiéndole que la perdonara. Su voz era cada vez más alta y sus palabras eran también más claras. Ella no hablaba con Dios, juraba, maldecía al diablo en una jerga que era imposible viniera de los labios de una joven pura. Pensaba que había cometido un pecado y que lo estaba escondiendo, incapaz de revelárselo a nadie. La llevó a un hombre santo donde la gente se arrepentía de sus pecados. Pero, después de su arrepentimiento su fiebre continuó y una vez más, las píldoras que el médico le había recetado habían fallado. Cuando la directora del museo la visitó dijo que no era malaria lo que ella tenía sino que tenía desarreglos psicológicos. Y es así como llegó a mí. Autora: Nawal El Saadawi. Psiquiatra y escritora. Traductora: SPN Nota: Este relato ha sido recuperado por la traductora que lo había extraviado y nunca lo pudo publicar. Tiene el consentimiento de la autora. El relato original es en árabe, traducido al inglés. La autora ha escrito entre otros, los siguientes libros:'Mujer y sexualidad'; 'La cara oculta de Eva'; 'La caída del Imán'; 'Mujeres de arena y mirra';'Mujer en punto cero', The Innocence of the Devil...

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Domingo 23 de julio de 2017 - 10:48