IMPACTO DEL PENSAMIENTO FANÁTICO RELIGIOSO
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LA HISTORIA DE UNA JOVEN EGIPCIA MUSULMANA / 1

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LA HISTORIA DE UNA JOVEN EGIPCIA MUSULMANA / 1

Un hombre egipcio había sido muy estricto con su hija y no le permitía trabajar fuera de casa a no ser que estuviera completamente aislada de los hombres. Encontró el trabajo 'ideal'. Muchos meses más tarde, era primavera, el hombre llevó a su hija al despacho de la psiquiatra Nawal el Saadawi para que fuera tratada. Lo que sigue está basado en la historia de esta joven mujer. La televisión egipcia quiso producir una película basada en esta historia, a condición de que la protagonista no fuera descrita como una mujer con velo a pesar de que en la vida real ella lo llevaba.

EL CASO DE UNA MUJER JOVEN Hace unos cuantos días vino a verme una mujer joven. Me contó su historia y me pidió que le extendiera una receta. No le receté medicación alguna porque no creía que las píldoras pudieran curarla. El caso tenía más visos de un problema psicológico y social que otra cosa, por lo que me gustaría que las personas lectoras compartieran su punto de vista conmigo. La historia de la joven mujer es la siguiente. Todo comenzó el año pasado cuando de repente, ella se vio contemplando la noche sin poder dormir. Cuando por fin podía dormirse veía un diluvio inundando la tierra y al profeta Noé subiendo a bordo de su arca, y dejándolo atrás. Luego, se encuentra en la vida después de la muerte, caminando por un sendero estrecho y el infierno debajo. Sus pies sangran y su cuerpo, sin equilibrio, está a punto de caer. Abre los ojos y se encuentra en la cama bajo las mantas, ahogándose en su propio sudor. Lee el 'sura' del Corán y da gracias a Dios por no haber muerto y por tener tiempo para arrepentirse. Seguidamente, va al cuarto de baño y se lava cinco veces. Se pone un vestido largo y amplio y cubre su cabeza con un paño grueso. Después de rezar, se sienta con el libro de Dios en su regazo, orando, y rogando a Dios que perdone sus pecados. No hay nada en su vida excepto ese pecado. Desde el día de su nacimiento ella se iba a la cama escuchando la voz de su padre recitando el Corán. Desde la infancia ningún extraño ha visto su cara y, durante sus años de estudiante, jamás habló con nadie. Después de su graduación comenzó a trabajar en un sitio donde no había nadie más que ella: un almacén en el sótano de un pequeño museo que jamás era visitado por nadie. Se sentaba en su escritorio con un libro de registro en frente, anotando el número de momias que llegaban para almacenar, o bien registrando las que ya se encontraban allí. Quitaba el polvo de las momias con un pequeño paño amarillo, las contaba y las anotaba en el libro. Cerraba el libro y lo metía en el cajón, luego abría el libro de Dios y leía hasta que los empleados abandonaban el trabajo. Con su bolso de mano se encaminaba a su casa que se encontraba a hora y media de distancia. Cubría esta distancia con paso firme y controlado, bajo su grueso vestido, no podía discernirse movimiento alguno. Su cabeza, cubierta con un grueso paño negro, se inclina hacia el suelo. Tanto en invierno como en verano, haga frío o calor ella cubre esta distancia dos veces al día. No coge el autobús para que nadie la roce por detrás. Tampoco coge un taxi sola cuando no conoce al taxista. Una vez en casa se quita todo el polvo acumulado del camino, se hace sus abluciones y reza antes de cenar. Después de cenar se va a dormir con el libro de Dios debajo de la almohada. Se despierta con la voz de su padre que le pide prepare la comida que él come avidez, luego reza y pide a Dios que proteja a su hija del demonio. Si no fuera por las 47 libras que ella trae a casa todos los meses no le permitiría salir de la morada. Es un anciano y sin ingresos, y ella no tiene un marido que la mantenga. Nadie le pedía en matrimonio excepto el hijo de su hermana que no tenía ni un penique y, además, estaba en el paro. Si Dios le hubiera enviado un marido con una economía boyante no tendría que salir de casa. En su habitación, la joven mujer no hace más que rezar. No le pide a Dios que le envíe un marido, desde la niñez había desechado esta idea, su madre murió desangrada de una paliza que le había propiciado el marido, es decir, su padre. La muerte era inevitable pero ella quería morir de una manera diferente; no de una paliza. No había un hombre en su vida y tampoco conocía nada del otro sexo. Si alguna vez escuchaba música o a alguien cantando de la vecindad, cerraba puertas y ventanas y se tapaba los oídos. Era finales de abril y estaba sentada leyendo en su escritorio como siempre. Había terminado de contar las momias y estatuas cuando, de repente, notó una estatua que no recordaba haberla visto el día anterior. Volvió a mirar las entradas en el registro, lo cerró y lo metió en el cajón. Abrió el libro de dios y comenzó a leer en el más absoluto de los silencios, metida su cabeza en un paño.

Mientras leía, escudriñaba a través de los finos agujeros del trapo negro, mirando a las momias y a las estatuas. Sus ojos se quedaron como paralizados en la cara de aquella estatua. Las facciones estaban talladas de una manera muy peculiar y lo más extraño de todo eran los ojos: la miraban a ella con un movimiento extraño en las pupilas. Nunca había visto nada igual en las demás estatuas. Pidió a Dios que la perdonara y la protegiera del demonio e inclinó la cabeza para continuar con su lectura, pero sus ojos, involuntariamente, se dirigían hacia aquella estatua. Era más pequeña que el resto y estaba cubierta de polvo, como si hubiera estado abandonada durante años en el almacén. Decidió quitarle el polvo y después la colocó cerca de la ventana. Volvió a su lectura pero siguió mirando a través de los pequeños orificios atraída por la cara de la estatua y de los ojos con aquel movimiento extraño. Eran éstos rasgados y ligeramente hacia arriba, como los ojos de los antiguos egipcios. Fue hacia ella y la sujetó con la mano enguantada y comenzó a inspeccionarla, buscando algún signo o letras que pudieran revelar el nombre de la persona o cuando vivió: no había nada. Volvió a colocarla en su sitio y regresó al escritorio tratando de poner toda su atención en las palabras de Dios. Pero una pregunta martilleaba su cabeza: ¿había visto alguien -antes que ella- el movimiento en los ojos de la estatua?. Ninguna otra persona trabajaba en el museo excepto una anciana, que era la directora. De vez en cuando bajaba para inspeccionar las entradas y hacer inventario, contando las estatuas y las momias una detrás de la otra. Algunas veces se paraba más de lo ordinario en alguna que llamaba su atención pero, aquel día, no pareció que nada atrajera excepcionalmente su atención porque pasó de largo de la estatuilla. La joven estaba desconcertada. ¿Cómo es que no veía, lo mismo que ella, el movimiento de los ojos de la estatua?, se repetía una y otra vez. Tan pronto como entraba en la oficina y se sentaba sus ojos se paraban en la cara de la estatuilla; el movimiento de sus ojos estaba aún allí. Se había convertido en un movimiento especial para ella. No miraba a nadie de aquella misma manera, excepto a ella. Desde que la vio por primera vez no cesó de mirarla: si giraba la cabeza, si estaba fuera de la oficina... sus ojos siempre estaban allí, enfrente de ella, mirándola con aquella expresión, como si ahora estuvieran vivos y no hace siete mil años. Aquella mirada larga estaba exenta de la arrogancia de los faraones o de la humildad de los esclavos. ¿Qué había en ella? No lo sabía pero ardía en deseos por descubrirlo porque se estaba convirtiendo en un deseo pecaminoso. Cada vez que se sentaba, miraba a su alrededor con miedo de que la directora pudiera aparecer de repente y le encontrara mirando a la estatua. Pero lo que más temía era que llegara una orden de traslado de la estatua; y no podía dormir. ¿Qué pasaría si a la mañana siguiente no la encontrara en su sitio? Desde que la descubrió -la estatuilla era masculina- [era un 'él'] caminaba más deprisa al trabajo y, cuando abría la puerta y entraba, sus ojos a través de los agujeros buscaban ávidos su cara entre el resto de las otras estatuas, y cuando por fin veía el movimiento en sus ojos, sus labios se entreabrían y exhalaban un ligero suspiro por debajo del paño negro. Un día al entrar en la oficina no estaba, había desaparecido. Buscó por todo el almacén infructuosamente. Miró por todas las esquinas, recovecos, por debajo de las piernas de las estatuas grandes y por todo el suelo en donde se encontraban tumbadas cientos de estatuillas. La estatua -él- no estaba allí. Regresó a su escritorio y se sentó. No podía escribir nada en el registro, tampoco podía leer una sola línea del libro de Dios. Sentía el corazón pesado y apoyó la cabeza en la mesa. ¿Adónde se había ido? Su lugar, cerca de la ventana, estaba libre, todo el universo estaba vacío. No había nada en su vida, nada en absoluto. Y su mano debajo del guante negro estaba fría: la sangre ya no corría por sus venas, se había parado. No ve nada más a su alrededor que la muerte en forma de estatuas de piedra. Sentada en su escritorio, ella se muere al mismo tiempo. Pasados unos minutos, de repente levantó los ojos con un movimiento brusco -de la misma manera que el aire sale disparado del pecho- y le vio. Allí estaba escondido detrás de la ventana. De haber entrado la directora en aquel momento no hubiera entendido nada de lo que allí había pasado pues su apariencia externa era la misma de siempre: la joven que se encontraba sentada detrás del escritorio con el libro de registro en frente de ella, la cabeza inclinada, y nada en sus movimientos, excepto las pupilas inusitadamente negras y el sonrojo de su piel, delataban su angustia anterior. Aquel día, antes de abandonar la oficina, escondió la estatuilla en su bolso y se la llevó a casa. Por la mañana la devolvió a su sitio: la directora no notaba su ausencia, tampoco su reaparición. En casa, su padre tampoco se dio cuenta de que estaba escondida en el ropero. Por la noche, después de que su padre se hubiera dormido, la sacaba del ropero, la ponía enfrente y no paraba de mirarle a la cara; se dormía con los ojos fijos en los de él. En sueños, le veía de pie, delante de ella, en carne y hueso mientras un diluvio inundaba la tierra y el profeta Noé embarcaba en el arca, zarpando sin él. Acaso, ¿podría ser que él fuera el hijo del profeta que no subió al arca y que pereció ahogado? ¿ Podría ser que fuera un pecador que seguía los mandatos del demonio y no un creyente que aceptaba los designios de Dios? Y lo más importante de todo, ¿podría ser posible que regresara a la vida después de llevar muerto siete mil años? Por la mañana cuando ella abría los ojos, estas preguntas giraban en su cabeza. Bajaba la calle hacia la oficina, con la cabeza baja y con miedo de levantar los ojos no fuera a ser que le viera enfrente de ella, en carne y hueso, de la misma manera que le veía en sueños. Sus ojos, a través de los dos orificios del trapo negro, se movieron, se levantaron lentamente, mirando con disimulo a las caras de los transeúntes porque quizás entre estos seres humanos pudiera encontrarse una cara que le recordara a él, o unos ojos con la misma mirada. Habían pasado dos meses y no paraba de pensar y de escudriñar a las personas que se encontraba en el camino de casa a la oficina y viceversa. Habían pasado 60 días y entre las caras que veía, no había una sola persona que no le sacara parecido con él.

Autora: Nawal El Saadawi.Psiquiatra y escritora.Traductora: SPNNota: Este relato ha sido recuperado por la traductora que lo había extraviado y nunca lo pudo publicar. Tiene el consentimiento de la autora. El relato original es en árabe, traducido al inglés.La autora ha escrito los siguientes libros:'Mujer y sexualidad'; 'La cara oculta de Eva'; 'La caída del Imán'; 'Mujeres de arena y mirra';'Mujer en punto cero', entre otros.

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Domingo 22 de octubre de 2017 - 02:59