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El pasado jueves, 17 de abril se inauguró en el Museu d'Historia de Catalunya una exposición titulada Dones: Les Camins de la Llibertat. Desde los griegos hasta la actualidad repasa las luchas feministas. Dedica un gran espacio a las sufragistas norteamericanas e inglesas. Y desde los años 70 a Catalunya. Un espacio completo a la librería La Sal de Barcelona. Por el contrario,  tan sólo dedica a la histórica revista Vindicación Feminista un único ejemplar -el de la educación- colocado enuna vitrina  ymedio tapado por panfletos y revistitas varias.Lidia Falcón, narra la historia de esta mítica revista feminista.

Al salir de la prisión el reencuentro con Carmen Alcalde cuando ya había recorrido la primera mitad de la vida, andados los caminos de las luchas políticas y del ejercicio profesional nos planteó un nuevo desafío. Nos hallábamos ante la etapa más decisiva de la historia de España de los últimos cuarenta años, porque Franco se moría y algunas cosas cambiarían en la España postfranquista. Era por tanto el momento de participar en aquellos cambios con la mayor decisión y audacia posibles, si queríamos influir en la construcción del nuevo Estado que claramente se adivinaba. Si nos quedábamos inmóviles a la espera de que otros tomaran todas las decisiones, incluso aquellas que nos concernían, las mujeres serían relegadas a un segundo término en todos los aspectos de la vida política y social. Muchas eran las luchas y tareas que se podían realizar en aquella sociedad civil que comenzaba a poder expresarse y organizarse en libertad: participar en los grupos o partidos políticos que estaban creándose o aflorando nuevamente, dirigir e impulsar el Colectivo Feminista que entonces comenzaba con la exclusiva actividad feminista, organizar el Congreso Internacional Feminista tan bruscamente abortado, crear órganos de difusión y opinión como revistas o periódicos.

El feminismo crecía en fuerza y entusiasmo entre los grupos que se formaban con mujeres salidas de todos los ambientes sociales y de todas las edades. Por ello el Colectivo Feminista tenía cada día más asociadas y su existencia era imprescindible para participar en el Movimiento Feminista desde la postura del feminismo político que debía alcanzar su madurez, años después, en la creación del Partido Feminista. Y como todo movimiento que necesita expanderse y llevar a cabo una labor de convencimiento de un sector de la población, constituía una necesidad la constitución de medios de comunicación para difundir el feminismo. Imposible como era para nosotras montar una emisora de radio o un canal de televisión, la única opción era disponer de una revista.La decisión de crear Vindicación Feminista, que consideramos la tarea más importante que debíamos afrontar ante la que se preveía inminente implantación de la democracia, la tomamos Carmen Alcalde y yo después de renunciar al Congreso feminista que habíamos intentado antes de mi detención. Reflexionamos sobre la importancia que tendría publicar una revista feminista, por primera vez en España desde la guerra civil, y del impacto que ésta ocasionaría en un país ayuno de tales publicaciones. Era preciso disponer de la revista que fuera el núcleo de unión de todas las mujeres que quisieran compartir el ideal feminista. Una revista que significara para el feminismo lo que tantas otras fueron en la historia para el movimiento obrero o los diferentes aspectos de la cultura de vanguardia. Era una decisión mucho más arriesgada que la del congreso, implicaba una inversión enorme de dinero y la coordinación de un equipo de profesionales que no existía. Pero Carmen Alcalde y yo nos atrevíamos entonces a todo. De modo que nos pusimos a la tarea en julio de 1975, cuando todavía no me había quitado de encima el olor de la prisión de Yeserías.

La sacamos de la nada. Cuando comenzamos las primeras reuniones con Tony Misserachs para que se encargara del diseño, y convocamos a las periodistas que pudieran colaborar en ella, no teníamos ningún capital para invertir en el proyecto. Y no sólo nuestra insolvencia era manifiesta y permanente desde siempre, sino que hacía un mes que yo había salido de la prisión y me hallaba en libertad provisional de dos procesos políticos, de los que debía temer fundadamente que algún día tendría que dar cuentas en alguno de aquellos infames juicios que celebrabael Tribunal de Orden Público. No había podido recuperar la normalidad en mi despacho profesional, que había estado cerrado durante casi un año, aunque mi querido compañero y amigo Rodolfo Guerra se hizo cargo de los asuntos pendientes, y no disponía apenas de recursos económicos para mantenernos las cuatro personas de la familia, porque tampoco Eliseo Bayo, que era entonces mi compañero de vida, había vuelto a trabajar en su profesión de periodista, purgado como se hallaba en todos los medios de comunicación. Incluso las fianzas penales que por valor de 200.000 pesetas habíamos depositado para salir en libertad, y que en aquel año de 1975 constituían una cantidad considerable, habíamos tenido que pedirlas prestadas. Debía nueve meses de alquiler de mi despacho, mis hijos no habían terminado sus estudios y entre Regina, Eliseo y yo teníamos cuatro procesos políticos pendientes.

En condiciones tales, montar una revista de sesenta y cuatro páginas, tamaño 32 por 21, editada en papel offset satinado de ochenta gramos, con multitud de fotografías y portada en color, con una tirada inicial de 20.000 ejemplares, que se convirtió pronto en 34.000, ¡cada mes!, parecía una locura. Pero eso es exactamente lo que hicimos. Y duró tres años.

La historia de Vindicación es la historia de grandes ambiciones y grandes frustraciones, a la vez, y requeriría un tomo entero de la historia del Movimiento Feminista. Fueron tres años plenos de ilusiones, de pasión, de esperanzas, muchas de las cuales se realizaron, y otras concluyeron en una decepción. Para crear una revista feminista, después de cuarenta años de ausencia de tal clase de publicaciones, sin dinero, sin estabilidad económica ni profesional, sin garantía de libertad personal, sin equipo, y con la ambición de que alcanzase las más altas cotas de perfección en todos los aspectos, no tenía más caudal que mi optimismo y mi firmeza ideológica. Estaba segura de la necesidad de publicar la realidad cotidiana de las mujeres, analizarla a la luz de la teoría de la mujer como clase social, que en aquel tiempo estaba yo elaborando; que la relacionase dialécticamente con la lucha de las restantes clases sociales de nuestro país, y que, a la vez, partiendo de ese mismo punto de vista, ofreciese una visión feminista de la política nacional e internacional. Porque todos los temas fueron analizados por nuestra revista. No nos limitamos a defender las grandes reivindicaciones de las mujeres, yo escribí cada mes sobre política nacional e internacional, y desde las huelgas obreras a la situación de los negros en Sudáfrica o a las masacres de Sabra y Chatila, no hubo ningún caso que mereciese denuncia y atención de la sociedad al que no le dedicara mi crónica y mi comentario. Ninguno de mis amigos y compañeros de diversas batallas, excepto Eliseo, creyó que tal propósito era posible y varios intentaron convencerme de que dirigiera mi vida por senderos más racionales. Sobre todo teniendo en cuenta que Franco seguía vivo y que tres meses después de mi salida de la prisión en libertad provisional ordenaba fusilar a los últimos cinco hombres asesinados por el franquismo.

Aunque Franco murió el 20 de noviembre de 1975, la situación política no cambió durante mucho tiempo, demasiado. Yo fui juzgada por uno de los procesos, el de asociación ilícita y propaganda ilegaldos años después de la muerte del dictador y en el momento de publicarse el primer número de la revista, en julio de 1976, no había conseguido el permiso definitivo de edición. Durante varios meses tuvimos renovar la petición. Sufrimos varios sumarios judiciales en razón de la ley de Prensa de Fraga que estuvo vigente hasta después de aprobarse la Constitución. Carmen Alcalde y yo fuimos procesadas por defender el aborto y por criticar el Patronato religioso que mantenía encerradas a las prostitutas.

Releyendo un artículo que publiqué en la revista de la Universidad de Yale hace unos años sobre Vindicación feminista, leo que escribí "Durante varios años los periodistas españoles vivimos en perpetuo estado de inseguridad legal y política. Varios estuvieron en prisión a causa de sus artículos. Los directores de publicaciones acumulaban proceso sobre proceso a los que la revista tenía que hacer frente económicamente. Nunca sabíamos cuándo aparecería la policía en el local de la revista y nos detendría y lo clausuraría." Cuando a partir del 6 de diciembre de 1978 se aprobó la Constitución que garantizaba la libertad de expresión y de publicación, en junio de 1979 se celebraron las elecciones definitivas al Parlamento y al Senado, y los profesionales de la prensa empezaron a sentirse más seguros, nosotras tuvimos que cerrar Vindicación Feminista. Nuestro tiempo había concluido. Las deudas nos habían ahogado.

A mi se me planteó el gran desafío de encontrar el dinero que hiciera posible el proyecto, mientras Carmen Alcalde se dedicaba a seleccionar las periodistas, montar la maqueta con Tony Misserachs y decidir las secciones de la revista. En parte de todo ello participaba yo también, pero el problema económico consumía la mayoría de mis días y de mis noches de desvelos. Eliseo y yo pedimos dos préstamos de quinientas mil pesetas cada uno en la Caixa de Catalunya y con ese mísero capital me lancé a publicar el primer número. Primero comenzamos trabajando en mi despacho de Roger de Flor, pero al cabo de pocos meses resultó evidente que el espacio resultaba pequeño para mis pasantes y secretaria y las cinco compañeras que realizaban la revista cada mes. De modo que alquilé un piso cerca de mi despacho, en la calle Nápoles junto a Ausias March, para instalar la sede de Vindicación, compré muebles y contraté cinco personas de plantilla a jornada y sueldo completo.

Para dar una idea más exacta de la magnitud del esfuerzo, hay que tener en cuenta que publiqué el primer número de Vindicación en julio de 1976 y costó exactamente el millón de pesetas que habíamos conseguido prestado.El día que teníamos que entregar en la imprenta el segundo, no me quedaba un céntimo. Pero publicamos veintinueve más. Ese fue un milagro que me costó buena parte de mi piel. Hasta el último día se pagaron todos los sueldos y todas las colaboraciones, y eso contribuyó de forma importante a mi ruina y acabó con mis ya escasos recursos. Cuando cerramos la puerta del modesto piso donde trabajamos los dos últimos años, quedaban dieciséis millones de pesetas de deudas pendientes sobre las cuatro personas que habíamos financiado la revista, la mayoría de los cuales eran préstamos personales avalados por nosotros mismos.

Pero si bien yo era responsable de la financiación de la revista, no podía ser ni directora ni subdirectora de la misma, porque la represión franquista que tanto se había cebado en mi, me había impedido obtener el título de la carrera de Periodismo que había concluido después de tres años de estudios y de la presentación de la tesina obligatoria.Era aquella época en que se perdían los expedientes escolares de quienes no éramos afectos al régimen, y nadie daba cuenta de ello ni tenía responsabilidad alguna. Me proponía crear una publicación en tiempos en que sólo los periodistas titulados podían dirigir una publicación, por modesta que fuera. Y no sólo la directora, Carmen Alcalde, la avalaba con su carnet, era preciso también disponer de una subdirectora colegiada. Yo tuve que resignarme a mi papel de editora, que significaba buscar el dinero para publicarla y ser imputada ante los tribunales cada vez que seiniciaba un proceso contra la directora, porque aunque no se me concedían derechos no se me eximía de responsabilidades.

La subdirectora fue Marisa Híjar, y su colaboración fue decisiva para la elaboración de la revista y para su supervivencia, porque no solo la apoyó con toda la vehemencia de su generoso carácter sino que también aportó dinero innumerables veces. A la vez su marido Jaime Torras Martí nos ayudó muy eficazmente en la administración y en la obtención de recursos.

Yo quise a Marisa desde el primer momento que la vi. La recuerdo con dolorosa nostalgia, cuando vino a verme por primera vez a mi despacho de la calle Roger de Flor 96, porque todavía no teníamos local propio para la revista, tan hermosa, tan joven, tan alegre. Tengo siempre presente su menuda figura, el pelo rubio rizado como el de una muñeca, y los ojos más azules, grandes, brillantes y vivos que he visto nunca. Su rostro anguloso, de pómulos dignos de una actriz de Hollywood, y su boca de labios delineados y gruesos, que siempre sonriendo dejaba ver una blanquísima dentadura alineada y perfecta. Y la alegría y el ingenio y el sentido del humor que no la abandonaban nunca. Siempre fue hermosa y alegre y vital, y desgraciadamente también fue siempre joven, porque con cuarenta y dos años los dioses la llamaron a su lado, escogida como los elegidos.

Pero aquel septiembre de 1975 ninguna de las dos podíamos adivinar el prematuro final que la esperaba. Nos encontramos por primera vez y nos quisimos enseguida. Era imposible no quererla. Llevaba con ella la vitalidad, la ilusión, la esperanza, y las transmitía a todo el mundo. Y además se ocupaba muy sensatamente de los problemas cotidianos y les buscaba soluciones y aportaba ideas y nos ofrecía dinero para resolverlos.

Con ella trabajé ininterrumpidamente tres años en la redacción de las secciones de política nacional e internacional de la revista, y más tarde, cuando la amada tirana revista desapareció, nuestra amistad era ya tan firme que nada pudo separarnos. Ni la pérdida del proyecto común, ni la distancia que nos separó, cuando ella vivió dos años en Méjico. Y así nuestros destinos volvieron a encontrarse en el momento en que las dos, a la vez, nos trasladamos a vivir a Madrid. Allí pude disfrutar de su generosa y enriquecedora compañía hasta que el destino me la arrebató.

 En el pisito de la calle Nápoles casi esquina a Ausias March, vivimos permanentemente durante tres años, desde 1976 a 1979, las mujeres que formábamos el equipo de la revista. Allí compartimos todas la pasión por el proyecto, informamos y participamos en los acontecimientos más importantes que se estaban produciendo en el país, en una época trascendental como fue la de la transición política española.

Acudíamos a primera hora de la mañana al local de la oficina y trabajábamos febrilmente, porque éramos pocas para todas las tareas, pero muy eficaces, y a mediodía salíamos también juntas a comer en el restaurante y regresábamos inmediatamente a seguir fabricando la revista, a recibir a las colaboradoras, las visitas, conectando con las mujeres de varios países, solicitando información del Movimiento feminista de todo el mundo, hasta las nueve o las diez de la noche.

Para todas era muy grato aquel trabajo, y para mis compañeras su única fuente de ingresos, pero yo, que no percibía sueldo, y apenas de las colaboraciones, a pesar de que escribí miles de páginas, las que se pueden ver firmadas en sus números, y tantas otras sin firma, descuidaba por mi dedicación a la revista mi bufete profesional. Mis pasantes resolvían la mayoría de asuntos, pero mi entrega a Vindicación me provocó un gran declive de mis ingresos durante todo el tiempo que duró.

Es difícil describir de forma convincente, en unas pocas líneas,el sufrimiento que me ocasionaronlos ingentes trabajos que me tomé a fin de conseguir el dinero que era preciso cada mes para pagar los gastos de la revista. Me levantaba cada mañana, y apenas había dormido agarrotada por la angustia,pendiente de lograr el millón de pesetas mensuales que nos costaba la maquetista, la imprenta, el grabador, el papel,la encuadernación, el mantenimiento del local, la plantilla laboral, las fotografías y las colaboraciones.

Al cabo de un par de meses de que hubiera salido a la calle el primer número, era evidente que yo sola no podía llevar adelante aquel ingente trabajo. Contraté entonces a Ana Estany, para que me ayudara, que era licenciada en Filosofía y la persona que parecía menos idónea para semejante encargo,pero lo cierto es que la escogí a ellamás por el deseo de resolverle el problema laboral que sufría, que por el convencimiento de que fuese la persona adecuada para semejante menester.

Pero la principal responsabilidad de la financiación la tenía yo, y la cumplía angustiosamente. Eliseo aportó grandes cantidades, tanto de sus ingresos, entonces más abundantes, como de préstamos y donaciones que consiguió, mientras yo buscaba que invirtieran en la revista un sin fin de personajes variopintos, que jamás tuvieron intención de realizar tal cosa. Lograba citas con banqueros, editores, comerciantes, industriales varios, y les explicaba con gran entusiasmo los objetivos de la revista, sus propósitos, sus éxitos ya indudables, la necesidad de mantenerla, de disponer de un medio de información y comunicación como el nuestro, único en España, y en muchos otros países, que no contaron nunca con una revista como ésa. Aquellos personajes me escuchaban mucho más divertidos con mi apasionamiento e ingenuidad que interesados por el proyecto que les ofrecía, que les resultaba absolutamente insólito e indiferente.  Les pedí ayuda económica y préstamos a amigos y clientes, y amigos de amigos y clientes de clientes. Recuerdo la frustrante y hasta desagradable conversación que sostuve con un empresario que me había recomendado una pariente suya, la fotógrafa Marta Sala. Me citó en un restaurante a la hora de cenar, donde celebraba con unosamigos suyosuna reunión alegre y jocosa en la que todo el mundo hablaba a gritos y se reía estentóreamente. Aquel personaje, distraído entre brindis y brindis, chistes verdes y alusiones machistas de sus compinches, me permitió que le explicara mi pretensión, en una breve exposición que apenas podía oír en medio de aquella baraúnda. Luego me sometió a un exhaustivo interrogatorio, con tono irónico y mirada despreciativa, sobre la revista, nuestros propósitos y las necesidades económicas que teníamos, para concluir recomendándome que pidiera el dinero en pocas cantidades a muchas personas, en vez de pretender que unos cuantos me diesen varios millones. Y sobre todo que recurriera a las feministas que, por cierto, eran las más interesadas en que se publicara. Con el estómago vacío, que aquella situación no me permitió tragar bocado, y un regusto a ceniza en la boca, la ceniza de mi proyecto prematuramente acabado, volví a casa a seguir pensando cómo salvar nuestra Vindicación.

Porque a las feministas no había manera de sacarles el dinero. La revista costaba cuando salió a la venta ochenta pesetas, ¡ochenta pesetas al mes!, y a todas les pareció cara. Cuando al año siguiente la subimos a cien, las dirigentes y afiliadas de otros grupos feministas se indignaron, y una serie de mujeres de izquierda, sindicalistas, intelectuales, me reprocharon mi poca sensibilidad para con los problemas de las pobres mujeres que no tenían dinero para pagar una revista tan cara. Solo regalándola hubiese quizá merecido su aprobación. Respecto al precio, que no al contenido, como más tarde tuve ocasión de comprobar.

Las dificultades económicas provenían de la falta de publicidad. A pesar de que para nuestro género vendimos más ejemplares que ninguna otra revista feminista que se hubiese publicado en España, ni antes ni entonces, ya que en el año 1977 poníamos a la ventatreinta cuatro mil ejemplares, apenas algunas editoriales nos concedieron unos cuantos anuncios. Precisamente la que entonces era secretaria de mi bufete, hoy abogada, Montserrat Fernández Garrido, comenzó a trabajar conmigo buscando anuncios para Vindicación. Montserrat entró en contacto conmigo porqueescribió a Vindicación una hermosa carta de apoyo y adhesión feminista que recibió Ana Estany, a raíz de la cual se entrevistó con ella y me la recomendó para que colaborase con nosotras. Pero a pesar de sus esfuerzos, no consiguió los preciados contratos de publicidad y fue mucho más productivo y gratificante para ella que comenzara a trabajar en mi despacho como secretaria, a que prosiguiera su estéril esfuerzo de visitar empresas que lo último que deseaban era anunciar en Vindicación. De tal modo que cuando aquella imposible empresa de conseguir publicidad se reveló imposible, la contraté en mi bufete y de allí se afilió entusiasmada a la OFR y más tarde fundó con nosotras el Partido Feminista, y durante veinticinco años estuvimos juntas, primero como ayudante y después, cuando terminó la carrera de Derecho, que estudió a instancias mías, se hizo cargo de mi gabinete de abogadas hasta que de él se fue en 2003.  

Cada número de la revista costaba un millón de pesetas de los años setenta, y con la venta era imposible cubrir gastos, porque el precio,a pesar de las quejas de las "obreristas" que tanto defendían nuestras "compañeras" feministas, era político, es decir, en absoluto correspondía a lo que nos costaba de gastos de producción, personal y administración, cada ejemplar de la revista, sin pretender obtener ni un céntimo de beneficios, sobre todo porque la distribuidora percibía el cuarenta por ciento del precio de venta. Nunca se cubrían gastos, porque fuesen más o menos las ventas, siempre quedaba un déficit. Ya sabemos que la publicidad es la que mantiene los periódicos y las revistas. Tampoco vendimos lo suficiente para equilibrar las entradas y salidas. Cuantos más ejemplares poníamos a la venta, más vendíamos pero también gastábamos más, lo que originaba una sucesión ininterrumpida de pérdidas.En los meses en que distribuimos treinta y cuatro mil ejemplares, vendimos veinticinco, lo que supuso que nos devolvieran nueve mil cada mes. Cuando fueron veinte, y hasta quince mil, en los estertores ya de la vida de la revista, nos devolvían de cinco a tres mil. Cada primero de mes la distribuidora nos comunicaba los que se hallaban en su almacén a nuestra disposición. Y todos esos miles de ejemplares que contenían sesenta y cuatro páginas interiores, impresos en papel offset de ochenta gramos, con portada de doscientos cincuenta, en cuatricolor, y que había costado el trabajo de muchas horas de un mes de varias docenas de personas, ¡todos ! ¡todos! ¡ había que destruirlos! No se si alguien, ajeno o perteneciente a esa profesión, puede imaginar el sufrimiento que significaba ver como un operario del almacén pintaba en rojo los paquetes atados con bramante y después con una carretilla los llevaban hasta una guillotina inmensa que los cercenaba por la mitad. El final era la recicladora que los convertiría en papel de embalaje o cartón o bolsas.

Y nunca fueron tantas las compradoras incondicionales que hubiesen permitido hacer tiradas mucho más grandes y abaratar costes. El equilibrio únicamente lo hubiéramos podido encontrar con cincuenta mil ejemplares de venta, cifra imposible dados los hábitos de lectura de los españoles, y de las españolas en particular.

En los últimos meses, cuando entre Eliseo, Marisa, Jaime, Carmen y yo habíamos agotado todas las fuentes de financiación que estaban a nuestro alcance, intenté diversos acuerdos con otras revistas no mayoritarias para llegar a algún acuerdo de edición conjunta, pensando que una colaboración de medios de comunicación alternativos, como eran los nuestros, sería interesante también para ellos. Ninguno atendió mi oferta. Me recibían con una actitud de condescendencia tanto hacia mi como hacia Vindicación, a la que consideraban despreciativamente como una revista de mujeres. Nosotras tuvimos que cerrarla al cabo de unos meses, los otros concluyeron muy poco después.

Los dos intentos que siguieron a éste para obtener la ayuda solidaria de aquellos que estuvieran interesados en que Vindicación sobreviviera, fueron, primero, lanzar una campaña de suscripciones en la que explicábamos la extrema situación económica en que nos hallábamos. Solo precisábamos cinco mil para salir adelante, y no parecían muchas si teníamos en cuenta que en los momentos peores editamos veinte mil ejemplares. Recibimos en total de toda España ciento veinte, ochenta sólo de Barcelona. Por eso, todavía hoy, tengo que reprimir la respuesta que desearía dar cuando alguna mujer se me acerca para preguntarme por qué cerramos Vindicación, asegurándome que ella sintió mucho su desaparición, ya que le parecía una revista estupenda y absolutamente necesaria para las mujeres, que ella la compraba cada mes y la comentaba con varias amigas, que la había prestado a un sinfín decompañeras del trabajo, que todavía tenía ejemplares que guardaba para dárselos a su hija y recomendarle que la leyera y se la aprendiera de memoria. Y en el desarrollo de su discurso hasta algunas lágrimas se asoman a sus ojos, emocionada al recordar aquellos tiempos en que existía una revista tan estupenda que sin saber por qué, de pronto, desapareció, cuando tantas mujeres estaban dispuestas a seguir comprándola y leyéndola como si fuera las Tablas de la Ley feminista.

En el último intento de salvarla, cuando no tenía más dinero personal que invertir en ella ni a quien pedírselo, hicimos un llamamiento a los grupos feministas, a los partidos de izquierda, y a los sindicatos.

En definitiva, podría decir que esta es la historia de una tonta que soy yo, que quiso impulsar el movimiento revolucionario más novedoso de la historia de España, crear la revista más avanzada del feminismo y confiar en las mujeres valientes y luchadoras dispuestas a cambiar la opresión milenaria patriarcal. No recibimos ninguna ayuda de las dirigentes y representantes del Movimiento Feminista ni del Movimiento Sindical y sí multitud de insultos, de envidias y de zancadillas. Quejosos los partidos y los sindicatos por las críticas que de ellos habíamos publicado, envidiosos los grupos feministas que nunca tuvieron valor suficiente para llevar a cabo una aventura semejante, todos prefirieron que desapareciéramos. Nuestra existencia resultaba demasiado provocadora, demasiado exigente, demasiado lúcida.

Vindicación tenía el tiempo contado desde el momento en que no se alineó con ningún partido, en que no se situó al amparo de ningún poder, en que no obtuvo la financiación necesaria adulando a un grupo financiero o mercantil, repitiendo las consignas de moda y apoyando las medidas represivas del gobierno u ocultando los sucesos escandalosos y hasta sangrientos que todos los días protagonizan diversas instituciones del Estado.

Los tiempos de Vindicación feminista fueron tiempos de trastornos y conmociones múltiples en España. Cambiaba el sistema político y aunque dicho cambio estuviera dirigido por la burguesía y la oligarquía política del régimen franquista,los partidos de izquierda, cuyos militantes habían luchado bravamente contra la dictadura, pretendían tener alguna participación en el reparto de puestos de poder. Los sindicatos, los movimientos sociales, estudiantiles, de vecinos, surgidos en los tiempos represivos esperaban ver acrecentada su influencia en tiempos de libertad, y las mujeres que acababan de salir a la escena pública exigían, por primera vez, la legalización de sus derechos y su cuota de protagonismo.

Pero en el seno del Movimiento feminista no sólo se discutía de política, de elecciones, de reparto de poder, de la situación económica; los colectivos más progresistas querían debatir hasta la raíz todos los problemas humanos. Fue un tiempo vivido con pasión y enormes esperanzas, en el que unos cuantos colectivos- supongo que no muy numerosos a la vista de lo acontecido más tarde- invirtieron todos sus esfuerzos y entusiasmo en llevar adelante ambiciosos e irrealizables proyectos de cambio social.

Y en aquellos años todas las periodistas y escritoras que hoy son números unos colaboraron en Vindicación y aseguraron estar de acuerdo con nuestro ideario. Ningún nombre de las que tienen hoy entre cincuenta y sesenta años, o más, dejaron de escribir para nuestra Revista. Desde Ana María Moix que fue la secretaria de redacción hasta una infantil Rosa Montero, que comenzó su carrera periodística con las colaboraciones que le publicamos nosotras, todo el espectro profesional estuvo en Vindicación. Carmen Alcalde, Marisa Híjar, Ana Estany, Carmen Sarmiento, Empar Pineda, Cristina Garaizabal, Cristina Alberdi, Consuelo Abril, María José Ragué, Carmen Riera, Maruja Torres, Montserrat Roig, Soledad Balaguer, Nativel Preciado, Esther Tusquets, Beatriz de Moura, Marta Pessarrodona, Isabel Clara Simó, Antonina Rodrigo, Magda Oranich, Nuria Beltrán, Dolors Calvet, Trinidad Sánchez Pacheco,las fotógrafas Colita y Pilar Aymerich, la diseñadora Tony Misserachs, (y perdónenme las que olvide) no tuvieron empacho entonces en ser consideradas miembros de pleno derecho del staff de Vindicación. Que por otro lado no había ninguna revista más semejante en todo el Estado. Ni la hubo ni la habrá.

Por todo ello, resulta de una mezquindad inigualable que cuando el jueves 17 de abril se inauguró una exposición titulada "Dones: Camins de llibertad" en el Museu d’Historia de Catalunya en Barcelona, comisariada por Mary Nash y otras cómplices,Vindicación Feminista tuviese un único ejemplar, el dedicado a la Educación, en una vitrina, casi tapado por una decena de panfletitos y revistitas que duraron dos meses, impresas en papel de periódico. Y que Mary Nash me dijera, con el gesto despectivo que me dedicó, que estaba ahí, señalando con una mano, sin dignarse atenderme más. El Partido Feminista de España y el Partit Feminista de Catalunya no existen, ni la OFR, ni la candidatura al Parlamento Europeo, ni la COFEM,mientras La Sal tiene un espacio entero, llenas las paredes de sus pancartas.

Por eso, y porque lo que más les gustaría a las comisarias y al Conseller de Cultura y a la Consellera de Bienestar Social de la Generalitat y a la Directora del Institut Catalá de les Dones, que inauguraron a bombo y platillo la exposición, es que me estuviera callada, no sé si contenta también, y no las molestara, me he tomado el tiempo y la molestia de escribir este resumen, y sólo resumen y muy incompleto, de lo que fue la batalla de Vindicación, y la mía propia, y por eso, os lo envío y os pido la solidaridad que tanto me falta.

Lidia Falcón

Feminista y Abogada

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Viernes 21 de julio de 2017 - 06:38