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En Guatemala las mujeres son las primeras víctimas de la violencia

Si ellos han matado a Dios porque quería implantar la justicia, a mí también me van a matar En Guatemala las mujeres son las primeras víctimas de la violencia

ENVIADO ESPECIAL EN GUATEMALA

 

Doña Paula no consigue retener las lágrimas. Desde hace ocho días vivo en el infierno. No puedo dormir, suspira en la casa refugio donde está escondida. Sólo conocen la dirección del refugio las responsables de Sobrevivientes de Guatemala, una asociación de ayuda a mujeres amenazadas de muerte o maltratadas. Las compañeras de infortunio de Paula son una mujer con tres niños pequeños y dos adolescentes de 13 y 14 años. Las cinco habitaciones de la casa, alquiladas desde hace un año, pueden acoger 25 personas.

La mayor de las adolescentes está amenazada de muerte por una mara banda de jóvenes muy violentos. Ha sido testigo del asesinato de su hermano y de su novio. La más joven no tiene documento de identificación. Seguramente la han robado cuando era niña comenta Silvia la administradora del refugio. La terraza, único espacio abierto, está oculta por una valla de latón que termina en alambres, que por la noche se electrifican, de hierro con pinchos.

 

En el pequeño comedor, con mesas cubiertas de plástico, Paula Berganza, de 43 años y con cuatro nietos, cuenta su pesadilla con voz monótona. Una historia que resume el clima de terror que se extiende por Guatemala, donde la violencia ha marcado la campaña de las elecciones generales de 9 de septiembre. Según las cifras oficiales, 565 mujeres, a menudo antes violadas y torturadas, han sido asesinadas en 2006. Norma Cruz, directora de Sobrevivientes de Guatemala, añade, nuestras cifras son más altas. Desde el comienzo del año, se han producido 322 asesinatos de mujeres" y añade, 80% de los casos son imputables al crimen organizado, principalmente a los conflictos entre maras.

Norma Cruz, antigua guerrillera, fundó la asociación a raíz de que su hija nacida de un primer matrimonio, siendo niña, fue víctima de abusos sexuales por parte de su compañero, un ex jesuita dirigente de la guerrilla que formaba parte de la comisión para la aplicación de los acuerdos de paz firmados en 1996. Norma recibe amenazas de muerte desde hace varias semanas por haber denunciado  a una red dedicada al robo de niños para ser adoptados en Estados Unidos.

Pula no deja de mirar su teléfono móvil. Desde hace una semana ha añadido a los malos en su lista de contactos. Todo ha comenzado con una llamada anónima, exigiendo el pago de 50.000 quetzales (4.800 euros). Esto no es una broma. Si no paga, empezaremos matando a su hijo Davicito, después a su hija, después a su marido,  ha amenazado la voz anónima. Anteayer  me han llamado diecisiete veces", dice Paula antes de añadir que, "ya les ha dicho que no tiene dinero que lo único que puede darles es su vida.

Paula vivía desde hacía 25 años con su familia en Ciudad Quetzal, una barriada pobre a 25 kilómetros del centro de la capital. He estudiado el catecismo y me he dedicado enseguida al trabajo social". Ha organizado una cooperativa, El Esfuerzo, que moviliza las buenas voluntades del barrio para llevar a cabo pequeños proyectos.

Los vecinos han reunido fondos para comprar las tuberías y una bomba. Nos la han robado. Ha sido necesario volver a comprar otra que hemos enterrado en un lugar que sólo conocen dos personas, añade Paula que ha obtenido el apoyo de UNIS, una ONG española. A finales de julio, Paula alojó a varios miembros de la ONG. Según un vecino, esa es la razón de mis desgracias. Los malos piensan que los españoles han venido a darme dinero.  El trabajo comunitario de Paula le ha generado enemigos y envidiosos, por ejemplo, el propietario del camión que vendía el agua muy cara, el alcalde, envidioso de sus logros. Pero Paula está convencida de que el jefe de los malos es un joven del barrio en la cárcel por asesinato. He trabajado con él, he reconocido su voz. La policía ha confirmado que las llamadas venían de un teléfono móvil de la cárcel", dice con tristeza.

Después de la primera llamada, se refugió en una guardería construida por la cooperativa de mujeres que trabajan en las maquilas, las fábricas de ensamblaje de piezas. Al día siguiente, los malos avisaron a Paula de que sabían donde estaba. Entonces he decidido refugiarme en Sobrevivientes de Guatemala, una amiga me había hablado de esta asociación. Mi marido, mis hijos y mis nietos han colocado los muebles en una furgoneta y se han ido. Ahora están lejos. Al día siguiente dispararon contra la casa y desvalijaron un depósito de la cooperativa

Centenas de guatemaltecos víctimas de extorsión y amenazados de muerte tienen que huir todos los días, abandonando sus casas y sus empleos. Un éxodo parecido al de la guerra civil que ha ocasionado 200.000 muertos entre 1960 y 1996. No tenemos cifras porque la gente tiene miedo de hablar. La presencia de maras, de asesinos a sueldo y de la policía corrupta ha creado en numerosos barrios una situación parecida al estado de sitio, confirma Anders Kompass, representante del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los derechos del hombre.

En mi barrio, el panadero y la vendedora de tortillas se han ido. Los malos han secuestrado a la hija del vendedor de verduras al por mayor y han pedido un rescate de 250.000 quetzales -24.000 euros- y las iglesias Evangélicas están en el punto de mira, todo el mundo quiere huir, confiesa Paula.  Hay solamente seis policías para 90.000 habitantes, y añade Paula: el malo me ha dicho que no merecía la pena llamar a la policía, porque están de su parte."  Con todo el dolor de su corazón se dice que no podrá volver a su casa ni a su Iglesia, que debe abandonar los proyectos a los que ha consagrado su vida. Y determina que "si ellos han matado a Dios porque quería implantar la justicia, a mí también me van a matar.

 

Juan-Michel Caroit

© Le Monde

Traducido por: Olivia Potel Aguilar

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Domingo 23 de julio de 2017 - 10:54