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TREINTA AÑOS DE PACIENCIA

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TREINTA AÑOS DE PACIENCIA

La celebración de los treinta años de democracia ha llenado los medios de comunicación de imágenes y palabras de satisfacción de políticos y periodistas, que no encuentran bastantes términos elogiosos para describir la situación de que disfrutamos. Según ellos, España no sólo es la octava potencia industrial del mundo sino que ha logrado convertirse en un país cuyo desarrollo económico y organización política y social es modelo para otros países adelantados.

Me fascina la capacidad de inducción, que alcanza el hipnotismo, que tienen nuestros gobernantes y comentaristas para convencerse ellos mismos, y al parecer para convencer también a la mayoría de los ciudadanos, de la veracidad de tales afirmaciones. En un país en el que la organización administrativa mantiene las normas del siglo diecinueve, en que la justicia está perpetuamente colapsada –según términos de los propios responsables-, en que las infraestructuras son incapaces de dar cabida a las necesidades de la industria, el comercio ni el turismo, en que el derecho a la vivienda es un mito que para los ciudadanos no se hace realidad nunca, en que se han destrozado los litorales ante un monstruoso desarrollismo urbano, en que se contamina el medio ambiente el cincuenta por ciento más de lo acordado con Europa; un país, que nos recuerdan constantemente las estadísticas, en que detentamos los tristes récords de baja productividad, fraude fiscal, accidentes laborales, accidentes de carretera, alcoholismo infantil y juvenil, fracaso educativo en los tres primeros niveles, violencia contra la mujer, maltrato y abusos sexuales de menores, prostitución, tráfico y consumo de drogas -somos puerta de entrada a toda Europa de estupefacientes, tráfico de mujeres y esclavos laborales- resultan cínicas las afirmaciones de entusiasmo y de júbilo que manifiestan nuestros rectores sociales ante el estado de la nación.

Un país que se mantiene por la construcción y el turismo, donde la balanza de pagos sufre el mismo desequilibrio que hace setenta años, mientras ha desmantelado los altos hornos y los trenes de laminado, la minería, los astilleros, la ganadería, parte de la agricultura y la pesca; en el que durante treinta años sigue inamovible la cifra de ocho millones y medio de personas que viven en y bajo el umbral de la pobreza, cuyos ciudadanos soportan la tasa de endeudamiento más alto de la Unión Europea por el coste de las hipotecas, donde el paro femenino dobla el masculino, con únicamente un 43% de la población activa femenina, lo que nos separa veinte puntos de la media europea, con un 30% mínimo de diferencia salarial entre el trabajo femenino y el masculino, y que conserva el colectivo de amas de casa –consideradas improductivas- más alto de Europa, con cinco millones y medio, es considerado por los personajes, que pontifican todos los días en la radio y la televisión, como ejemplo de desarrollo económico afirmando que este año hemos superado a todos los países industrializados.

Antes de las celebraciones de estos fastos, leímos los informes sobre las interminables esperas en los hospitales para realizar cualquier prueba médica, sobre la nueva y flamante ley de dependencia que va a conceder 500€ a los grandes discapacitados, que hasta hoy, después de treinta años, nunca han recibido nada, de los suspensos de nuestros estudiantes cuyo fracaso en lengua y matemáticas supera al de todos los países europeos y de la baja inversión en investigación, que apenas aumenta año tras año. También se publicaron las trabas administrativas y burocráticas con que tropiezan los empresarios para desarrollar sus iniciativas, iguales a las de hace un siglo, el informe sobre la justicia que explica que en este momento se encuentra un millón de casos sin resolver, de los retrasos desastrosos de los trenes de cercanías, y de que el de alta velocidad de Madrid a Francia, tardará un año en llegar a Barcelona y hasta el 2010 no alcanzará la frontera. Y este es el único segundo AVE de España, donde el tendido del ferrocarril es el del siglo XIX, con un ancho de vía único, más de tres mil pasos a nivel al aire libre, escarpadas pendientes y velocidades de ochenta kilómetros de media. En todo caso, es evidente que el mayor record que hemos alcanzado los ciudadanos españoles en estos treinta años es el de la paciencia.

Por: Lidia Falcón O´Neill

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