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MÍRAME

Relato de una tarde de primavera MÍRAME

Sólo cuando su rostro se volvió para observar al contrario, Jacinta sintió cómo su cuerpo minúsculo se estremecía por la presencia de aquellos ojos negros que la traspasaban como una faca traspasa en la oscuridad el cuerpo que busca. Eran las cinco y cincuenta y ocho minutos, la luz de marzo se había apoderado del velador y la tarde prometía sueños de otros tiempos.

Vestía un vaquero azul añil, cazadora de cuero negra y cubriendo la melena rojiza una boina sobre la frente encajada hacia atrás, miraba sin ver al infinito, los plataneros desprendían su polen para ser fecundados, lo que hacía que en el ambiente se percibiera una excitación envolvente y cálida.

De su bolso salió una musiquilla de los Beatles. Metió la mano y extrajo un diminuto móvil (alta tecnología, sin duda). Contestó, si, ¿dígame?, y su rostro se desencajó como las piezas de un puzzle tiradas al aire. ¿Quién eres? ¿Cómo tienes mi número? Al otro lado de la línea algo sucedió. Volvió la cabeza pero no encontró los ojos que buscaba. Apuró la copa de un trago y se perdió entre las nubes blancas de la Alameda.

Jacinta vivía en un ático espacioso, lleno de plantas y con la siempre presencia de dos gatos inmensos de angora que se enrollaban a su piernas cuando pisaba el suelo del ático. "Hola Brita, ¿qué tal, Vargas, qué habéis hecho hoy todo el día solitos? Vamos a poner la música que os gusta". Sacó el compact, lo insertó en el equipo y empezó a sonar Carmina burana. Al segundo Brita saltó al sofá y con su cola, como si de un experto director de orquesta se tratase, empezó a moverla de un lado a otro, dando los compases con su batuta virtuosa; Vargas observaba a Brita desde el fondo del salón admirando los dotes de su compañera gatuna. La tarde cubría el cielo con su color azul brillante, en el aire el aroma a azahar lo impregnaba todo. Jacinta se echó en una tumbona de la terraza con un libro en la mano disfrutando de los últimos rayos del sol que, a esa hora se habían vuelto templados, deliciosos a los sentidos.

Con el libro en la mano sin abrirlo, su mirada se pierde en el infinito y se queda dormida con las manos apoyadas sobre el pecho. Sonó el teléfono pero no insistieron y el silencio se volvió a apoderar de la estancia. Jacinta no hizo ninguna mueca, dormía plácidamente. Había transcurrido una hora y cuarto, aproximadamente, desde la primera llamada y el teléfono volvió a sonar, esta vez con una insistencia obsesiva. Jacinta se incorporó, trató de averiguar de qué aparato venía el sonido y entró al salón para coger el teléfono. En el mismo momento que levantó el auricular la llamada se cortó. Un escalofrío le recorrió la espalda desde la nuca hasta el final del tronco; miró alrededor. Tenía la sensación de que alguien la observaba y, de repente, le vino a la memoria los ojos negros del velador.

 

Sale a la terraza y se apoya en la barandilla.La Alameda está preciosa, la luz de la tarde se pierde en el horizonte y empiezan a tintinear luciérnagas amarillas a lo lejos del bulevar, mira hacia el café y le parece familiar la silueta de la mesa del fondo. Los veladores están despoblados sin sus sombrillas blancas. Algo la empuja a ese lugar. Es curioso, nunca había tenido esa sensación y lleva más de siete años viviendo en ese mismo ático. Recuerda que lo compró por las vistas y el sentido de libertad que le proporciona un espacio al aire libre. Con la cabeza aturdida y un montón de preguntas sin respuestas se mete en la ducha, abre el grifo y el agua resbala por todo el cuerpo. De repente nota que la dureza de los pezones la hieren, no puede determinar el tiempo que lleva en esa posición. Ttiene que hacer ya bastante, piensa para sentir como alfileres las gotas de agua que en vez de resbalar se clavan en su piel. Sin embargo, ese dolor le excita. Como si no la pertenecieran, sus manos empiezan a pellizcar sus pechos, al tiempo ella cierra las piernas y, en pequeñas acometidas, presiona su sexo. El escalofrió es casi inmediato, como un relámpago que ciega sus ojos y sin dejar de acariciarse su cuerpo resbala por la pared de la ducha abandonándose al placer…

La noche se apodera de la calle, en la plaza sus inquilinas nocturnas venden y trapichean sus cuerpos a los clientes, "chato, dos talegos por una mamada", se ríe descarada la travestí a su paso, y en el callejón, donde se abandonan los sentidos, dos yonquis se inyectan una muerte llamada caballo.

Ponte

Ilustración: Mark Akbeit

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Lunes 27 de marzo de 2017 - 00:53