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LOS CIEGOS OJOS DEL AMOR

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El amor, ¿sufrimiento o felicidad? LOS CIEGOS OJOS DEL AMOR

Un día, conoces a una persona que te parece fascinante porque se escapa de todos tus esquemas y piensas, ¡oh esto es el amor! Y por esta persona "fascinante" estás dispuesta a todo: al dolor, a la entrega total y absoluta de todo tu ser y al sacrificio, al perdón y también a la sumisión… Ah, palabra mágica, que junto con el vocablo "idealización" convierten al amor en romántico. Pero el amor no es como nos lo contaron; tampoco es como lo inventamos. Y esta es la idea del amor que las mujeres hemos asumido como natural y, en nombre del amor, las mujeres hemos permitido que nos humillen, que nos infravaloren: "él es un genio y yo su mujer", decía Blanca, la protagonista de, Amor o lo que sea. La autora de este artículo habla del amor, de las trampas del amor.

La mayoría de las veces nos cuesta mucho discernir lo que es amor de lo que no lo es. El amor… ese sentimiento puro, limpio, sin matices, sin fronteras, sin condiciones, sano, que te hace vibrar, sentir, que multiplica tu sensibilidad y tu fuerza, que te cuelga de la cara una sonrisa tonta… Toda esta acumulación de sentimientos y sensaciones nos "incapacita" para ver más allá de la felicidad y hacernos la siguiente pregunta: ¿Tiene trampas el amor?

Evidentemente lo primero que debemos hacer es partir de la definición de AMOR. Según la RAE en su primera acepción, el amor es un "sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser". La segunda acepción es: "Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear". De ambas definiciones podemos extraer la tradición de buscar a la media naranja: yo, como ser incompleto, te busco a ti, que eres la parte que me falta para realizarme. Afortunadamente, esta concepción del amor como necesidad para completarse se va quedando obsoleta (menos de lo que realmente quisiéramos), y hoy en día y cada vez más somos conscientes de que debemos ser frutas autónomas que busquen o no otras frutas, iguales o diferentes.

A esto, le unimos que según los roles tradicionales de género, las mujeres buscan amor y los hombres sexo, las mujeres somos las afectivas, las que nos entregamos, las que expresamos nuestros sentimientos y los hombres son los que reciben esa entrega y cuidan de nuestra debilidad emocional. Por esta regla de tres, las que terminamos entregándonos, incompletas, procurando reciprocidad en el deseo de la unión y suspirando a la espera de que nuestro príncipe azul asome por el horizonte que vemos a través de nuestro castillo, somos mayoritariamente las mujeres.

Con este telón patriarcal de fondo, es sencillo suponer que muchas de las relaciones "de amor" que existen en la actualidad siguen un patrón completamente desigual. El período de sensibilización inicial es intenso, pasional,… y llega a su fin. Desemboca en un período más permanente de habituación en el que ambas personas se adaptan la una a la otra, en el que se asientan sentimientos y sensaciones pero ya no de forma tan desbocada. Ese es el momento en el que las mujeres envueltas en relaciones desiguales nos preguntamos qué está pasando. Es el momento de la verdad en el que la media naranja que nos pensábamos que encajaba con nosotras como las dos únicas piezas de un puzzle, resulta ser una pera limonera. Es en ese instante cuando empezamos a experimentar sentimientos de frustración: si la pera está completa y la naranja incompleta hay un desfase sentimental importante porque la pera es autónoma y la media naranja va a demandar que la pera la complete. Y todos y todas sabemos que una pera no puede completar a una naranja, por mucho interés que ponga.

El problema no es que estemos incompletas, es que nos creemos que lo estamos. Por eso, es importante quitarnos la venda de los ojos y ver que el amor no es ciego, pero que nosotras tampoco lo somos y que debemos CREER en nosotras mismas, en nuestras capacidades y actitudes sea dentro de una pareja o fuera. Debemos pensar que no estamos incompletas y elegir lo que queremos ser.

La base del amor es el RESPETO: si te respetas, te quieres; si te quieres, te respetan; si te respetan, te quieren. Es tan sencillo y tan complicado como soltar el lastre patriarcal que llevamos en nuestras espaldas y darnos cuenta de que el amor no es tan ciego como lo pintan y que si es ciego, seguro que agudiza otros sentidos como el oído o el tacto.

A partir de ese respeto podremos ver en nuestras vidas anuncios como: "Fruta de verano (melón) busca a manzana para compartir vivencias" o "princesa con caballo y castillo propio quisiera compartir un rato divertido con príncipe (no importa el color) y tampoco importa cambiar las perdices por caracoles".

Lola Martín Fernández

Licenciada en Psicología

Master en Género e Igualdad de Oportunidades entre Mujeres y Hombres

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