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FADELA AMARA. LA INFANCIA DE UNA INSUMISA (y 2)

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FADELA AMARA. LA INFANCIA DE UNA INSUMISA (y 2)

La presidenta de "Ni putas ni sumisas" nació y se educó en una ciudad de Clermont- Ferrand. En un libro, cuenta su vida en una familia de emigrantes de la región de Cabilia y su compromiso, que hará de ella el emblema de las mujeres de los suburbios.

 Currículum

1964 Nacimiento en Clermont- Ferrand

1978 Muerte de su hermano pequeño, Malik, atropellado por un conductor borracho.

1986 Compromiso militante en SOS-racismo

2002 Asambleas generales de mujeres de barrios

2003 Creación del movimiento "Ni putas ni sumisas"

2006 Publicación de "la Canalla de la República" (Edición de Seuil, 228 páginas)

 Cuando se indigna a causa de una expulsión, llama a Nicolas Sarkozy, controla con firmeza al público joven cuando alborota en las reuniones pero es incapaz de contestar a su padre cuando éste le grita. Cuenta que su padre dejó su familia muy pronto y vivió miserablemente primero en Cabilia y después en Francia. "Cuando era joven", dice Fadela, "quise romper con mi familia para ganar un poco de libertad pero, afortunadamente, no lo hice. Hoy sé que con el tiempo esas rupturas se convierten en cárcel, poco a poco nos damos cuenta de la ausencia de los nuestros".

 El padre de Fadela Amara llegó a Clermont Ferrand con 33 años en 1955. Como muchos emigrantes argelinos, trabajaba verano e invierno en la construcción, a la intemperie. Al principio no tenía casa: cuando llegaba la noche se acostaba en una esquina, encima de sacos de cemento. Su jefe, informado de la situación por el maestro de obra, le permitía dormir en una caseta donde los obreros colgaban sus ropas de trabajo. "Mi padre nunca ha ido a la escuela, nunca en su vida ha tenido un bolígrafo", cuenta Fadela en el libro la Canalla de la República. "Más adelante nosotros le enseñamos a coger un bolígrafo para que aprendiera a firmar. Aprendió a firmar, sabe firmar con su nombre, pero nada más."

 Cinco años después de su llegada a Francia, el padre de Fadela, regresa a Argelia para casarse con la hija de su primo que acaba de cumplir 15 años. "En aquella época el matrimonio no era el resultado del encuentro de un hombre y una mujer sino un arreglo entre familias", explica la presidenta de Ni putas ni sumisas "Mi padre tenía 22 años más que mi madre, se casó con ella para sacarla de la miseria y enseguida la llevó a Clermont Ferrand. Ahora, han pasado juntos tantas calamidades, que están unidos para siempre."

 Porque en Francia la vida no es fácil. Los Amara, que tienen 10 hijos, viven en Herbet, un barrio de paso cerca de Clermont Ferrand. "Herbet era el barrio más pobre de Clermont Ferrand, donde sólo vivían emigrantes, el barrio que se citaba cada vez que se hablaba de integración o de política de la ciudad", cuenta su amigo Mohamed Abdi, coautor de  La canalla de la República. El apartamento no tiene cuarto de baño. Es domingo y el padre lleva a los niños al mercado mientras la madre lava a las cuatro niñas. Pone en el salón dos palanganas grandes llenas de agua, una para enjabonarlas y la otra para enjuagarlas, antes peinarlas y de vestirlas con ropa de domingo. Las niñas duermen juntas en una cama grande de dos plazas."Nos reíamos mucho pero teníamos poca intimidad", dice Favela sonriendo. El padre de Fadela Amara, que todavía hoy evita pronunciar el nombre del movimiento liderado por su hija, es un hombre tradicional que se preocupa de que sus hijos tengan una educación estricta.Si cuando vuelve a casa oye hablar de una pelea, reúne a los culpables, escucha con atención la versión de cada uno y exige que se besen y que se pidan perdón los hermanos y las hermanas."Era muy solemne, muy organizado, creaba un escenario, nos hacía una ceremonia, como si nos obligara a pasar por este ritual que nos ayudaría a memorizar ese momento", cuenta Fadela en su libro.

 Delante de sus hijos, el señor Amara que creció en un medio berebere eminentemente de cultura oral, habla mucho con metáforas, para reforzar la solidaridad, les repite en cabilio que los hermanos y las hermanas son como los dedos de la mano y que una mano no puede aplaudir sola. "El padre de Fadela es un verdadero patriarca, comenta Khadija Garnier, una de sus amigas de infancia. Tiene mucha presencia, habla poco y nunca le he oído alzar la voz. Cuando dice algo no conviene intentar volver sobre la misma cuestión. No hay nada que hacer."

 En la familia, el hermano mayor se beneficia de un estatuto especial, los hombres disfrutan de cierta libertad, pero las mujeres deben negociar duramente la menor salida: antes de los 25 años, es imposible ir y venir sola por el barrio. Cada vez que de niña Fadela preguntaba a su padre si los hombres y las mujeres eran iguales, recibía la misma respuesta: sí, pero la mujer en la casa y el hombre fuera. "Él puede admitir el principio de igualdad par sus hijas pero no para su mujer", continúa la presidenta de Ni putas ni sumisas. "Todavía hoy, mi madre no ha conseguido permiso para presentarse al examen del carné de conducir."

 Fadela Amara, que ha hecho un recorrido escolar caótico, se da cuenta muy pronto de que en otra parte la vida es diferente: en la escuela, las mujeres trabajan, los niños organizan fiestas de cumpleaños, las niñas van a dormir a casa de sus amigas. "Fadela se daba cuenta de que su barrio tenía mala fama", cuenta Nicole Peyron-Bastellica, su maestra en una clase de adaptación para doce niños que había tenido problemas en primaria. "Venían de un medio muy pobre, sus padres eran analfabetos, pero era muy voluntariosa y se esforzaba mucho. Al final del curso yo le regalé un libro. Fue su primer libro."

 Durante su infancia, Fadela Amara no se cansaba de hacer preguntas a su padre: sobre su infancia en las montañas de Cabilia, su adolescencia en la época colonial, su llegada a Francia en los años 1950. "Creció en una pobreza extrema, no tenía ningún derecho pero siempre habla de eso tranquilamente, sin el menor odio. Por este motivo no soporto a quienes se han bautizado como los ‘indígenas de la República’. En Argelia, antes de la independencia, mi padre era un verdadero indígena y su situación no tenía nada que ver con la mía. Yo puedo protestar, actuar, votar. Y lo hago siempre, cueste lo que cueste, porque sé que es importantísimo."

 A lo largo del tiempo, Fadela se ha convertido en el eje de la familia. "¡Es la jefa!", dice Mohamed Abdi. Ella ha apoyado a sus padres cuando su hermano menor con cinco años, fue atropellado por un conductor borracho, también ella ha sostenido a su familia cuando su hermano mayor fue condenado a prisión en 1991. "En la cultura árabe, en general, los hombres ocupan los primeros puestos", recalca su amigo Abbes Benazouz, animador en el centro social de Epinay. Sin embargo, en este caso es la mujer la que lo ha conseguido. El día de la inauguración de la Casa del mestizaje la madre de Fadela estaba allí. Miraba a su hija, miraba a Chirac, estaba tan orgullosa que era hermoso verla."

Ahora, su padre le dice que ella vale por diez hombres. "Es mi última batalla", sonríe Fadela Amara. Y le digo, "¿por qué no diez mujeres?"

Le Monde - Anne Chemin

Publicado por: Le Monde el 20 de octubre 2006

Traductora:Olivia Potel Aguilar

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